El entrenamiento de verdad empieza cuando llega el oyakata
Pasadas las 8 de la mañana, cuando los luchadores ya están sudando a raudales, llega al gimnasio el oyakata de Takadagawa. El ambiente, que hasta entonces no era precisamente relajado, se tensa ostensiblemente. Bajo la vigilancia del oyakata los luchadores, en orden de más novatos a más veteranos, van entrando en el dohyō para luchar por turnos. El ganador de cada combate nombra a su siguiente oponente. Con este sistema se van sucediendo numerosos combates.
De vez en cuando el oyakata se pronuncia para dar indicaciones. Se muestra especialmente severo con los movimientos inadecuados que pueden provocar lesiones: “En el entrenamiento no se trata de ganar o perder contra los demás; se lucha contra uno mismo. No importa perder mientras sirva para mejorar. Una lesión terminaría con vuestra carrera en el sumo”. Vestido con el mawashi como un luchador, guía a sus discípulos con entusiasmo.
Cada establo pertenece a un clan, o ichimon. Actualmente hay cuarenta y tres establos repartidos en seis ichimon y cuatro establos que no pertenecen a ninguno. Los establos de un mismo ichimon colaboran entre ellos. El día de nuestra visita dos luchadores de la clase sandanme del establo de Minezaki, perteneciente al ichimon Nishonoseki, como el establo de Takadagawa, han venido a entrenar en este establo. El oyakata de Takadagawa guía a los luchadores visitantes con el mismo entusiasmo que a los suyos, vociferando las indicaciones mientras él mismo les demuestra el movimiento básico del shiko: “No basta con repetirlo muchas veces; hay que bajar bien las caderas, aunque cueste. Lo hacéis por vosotros. ¿Uno no puede engañarse a sí mismo, verdad?”
Después de una serie de combates entre luchadores de nivel similar, se suele terminar entrenando el choque. Los luchadores se dividen en atacantes y defensores. El atacante impacta con toda su fuerza contra el pecho del defensor, lo empuja hasta el borde del dohyō y rueda por el suelo. Los defensores suelen ser luchadores más fuertes y se dice que “prestan el pecho” (mune wo kasu) a los atacantes. A los cinco minutos de práctica el pecho del defensor está totalmente rojo y el atacante jadea tan fuerte que su respiración suena como un quejido.







