Conocer la minería de Sado es conocer Sado
Al hacer un recorrido turístico por Sado, es recomendable empezarlo acercándose al primero de estos tres tesoros: su minería de la plata y el oro. Lo que se conoce en Japón como minas de oro de Sado son las minas de Aikawa, donde se extraía además plata. Todavía se conservan las galerías y pozos, así como herramientas y documentos antiguos, que han sido reunidos en la exposición permanente llamada “Shiseki Sado Kinzan” (“Sitio histórico de las minas de oro de Sado”). Conocer la historia de esta actividad industrial nos permitirá apreciar mucho mejor los otros puntos turísticos de la isla.
Al descubrirse las reservas de oro y pasar Sado a ser administrada directamente desde Edo, las más variadas muestras de cultura de la capital fluyeron hacia la isla. Nabata Shō, encargado de relaciones públicas de la empresa Golden Sado, que gestiona “Shiseki Sado Kinzan”, pone como ejemplo el peinado de los artesanos que trataban el metal extraído de las minas, que seguía los dictados de la moda de la metrópoli. También los pobladores de la ciudad debían de tener un temperamento muy especial, pues eran conscientes de la importancia que tenía su tierra como sostén económico del bakufu.
Existen en la isla más de 30 escenarios donde se representan obras del teatro nō. Esto significa que un tercio de todos los escenarios de nō de Japón se encuentran aquí. Es un patrimonio vivo, como puede apreciarse en el hecho de que todavía muchos de sus habitantes sepan ejecutar sus danzas y tocar el tsuzumi (pequeño tambor en forma de diábolo). Se cree que esto se debe a que Zeami (1363-1443), considerado padre del nō, fue obligado por el bakufu a exiliarse en esta isla. Pero la difusión más importante del teatro nō por la isla de Sado fue obra de Ōkubo Nagayasu (también conocido como Ōkubo Chōan, 1545-1613), que fue enviado a la isla por Ieyasu como magistrado representante del gobierno y responsable de gestionar las minas. Ōkubo, nacido en una familia vinculada al mundo del espectáculo y gran aficionado él mismo al nō, llegó a Sado en 1603 acompañado de actores especializados en diversos papeles tradicionales (shitekata, hayashikata y kyōgenkata).
A principios del periodo Edo (1603-1868), cuando las minas de oro y plata estaban en su momento de mayor esplendor, la población experimentó un fuerte aumento. La representación del bakufu en Sado promovió la roturación de nuevos campos como medida para paliar la escasez de alimentos. El bello fruto de este esfuerzo puede contemplarse todavía en las colinas próximas al mar, cuyas laderas están ocupadas por pequeños pero bien trabajadas arrozales en terraza. Es uno de los paisajes más emblemáticos de la simbiosis agricultura-ibis reconocida como patrimonio agrícola mundial por la FAO.
Un influjo que llegó también a la pesca y a la artesanía
En 1614, el bakufu construyó el puerto de Ogi para dar salida a la producción de metales preciosos de la isla. Gracias a la colaboración de la población del vecino pueblo de Shukunegi, que se dedicaba al negocio del cabotaje, Ogi prosperó como una de las escalas en la ruta de comercio marítimo del mar del Japón. Muchos carpinteros de barco se mudaron a los alrededores, facilitando el desarrollo de nuevas empresas de cabotaje propietarias de sus propios sengokubune (cargueros de gran desplazamiento), con lo que pueblo de Shukunegi alcanzó una notable prosperidad.
La ruta marítima del mar del Japón se llamó también Ronda del Oeste, ya que se iniciaba en Sakata (prefectura de Yamagata), zona arrocera por excelencia, y continuaba hacia el Oeste, con paradas en varios puertos de dicha costa hasta llegar a Shimonoseki, donde tomaba dirección Este bordeando las costas del mar Interior de Seto en dirección a Osaka, final del trayecto. Posteriormente esta ruta se extendió hasta Hokkaidō. Al convertirse Sado en una de las escalas de la ruta, las costumbres de la isla se vieron influidas por la cultura de Kansai, con centro en Osaka, así como por la de otras muchas regiones del país, como Tōhoku (Nordeste) o Hokkaidō.
Los taraibune (pequeñas barcas cilíndricas, en forma de barreño), que son una de las atracciones turísticas de Ogi, también guardan relación con las minas de metales preciosos. Originalmente, estas embarcaciones fueron ideadas para extraer algas y moluscos en las aguas de Ogi, cuya costa es muy recortada y llena de escollos. En las minas de la isla se utilizaban muchos barriles de madera y los artesanos que los fabricaban pudieron aprovechar su pericia en este otro sector.
Entre los objetos de artesanía, cabría destacar la cerámica de Mumyōi. Mumyōi es el nombre japonés de una arcilla con alto contenido de hierro que se utilizó en la medicina china. En Japón, esta tierra puede encontrarse junto a las vetas de oro de las minas de Sado. En la fabricación de vasijas, aporta un bello tono rojizo. El ceramista Itō Sekisui, cuya familia se ha dedicado a este arte a lo largo de cinco generaciones, fue el primero en ser nombrado ningen kokuhō (“tesoro nacional viviente”) entre los que se dedican a esta variedad de cerámica (2003).
Hay también templos que alcanzaron gran esplendor gracias a las generosas donaciones que recibían de los mineros, así como cimentaciones y escaleras de piedra en las que se aplicaron las mismas técnicas de construcción que se utilizaban en las minas. Las minas no solo tuvieron grandes efectos económicos: atrajeron a la isla de Sado a muchas personas y dieron ocasión a la introducción de nuevas técnicas y elementos culturales, haciendo de esta pequeña isla un compendio de la cultura japonesa.
Coches y bicicletas de alquiler para disfrutar de la isla
Los aficionados a la historia disfrutarán también recorriendo otros muchos lugares que dan testimonio de etapas previas a la explotación de las minas de oro y plata. Sado sirvió, desde el periodo Nara (710-794) hasta el fin de la Edad Media en el siglo XVI, como lugar de exilio para nobles e intelectuales derrotados en las lides políticas. Entre los exiliados más célebres están el emperador Juntoku, que poco después de abdicar fracasó en su intento de derrotar al bakufu de Kamakura (Revuelta de Jōkyū, 1221); el monje budista Nichiren (1222-1282), fundador de la secta que lleva su nombre, quien criticó duramente al bakufu y a otras sectas budistas, y el citado Zeami, que cayó en desgracia ante Yoshinori, shōgun del periodo Ashikaga. Es posible seguir el rastro de estos personajes a través de las ruinas de la residencia del que fuera emperador, de templos y de otros edificios.
Aunque en Sado los desplazamientos se hacen normalmente en autobús, lo cierto es que hay pocos servicios a lo largo del día. Para quien desee conocer a fondo la isla pero solo disponga de un tiempo limitado, lo más recomendable es alquilar un vehículo. Por la carretera que bordea la costa podemos circunvalar la isla, una entretenida experiencia que nos permitirá contemplar desde las fantasmagóricas rocas de la costa hasta las aldeas perdidas entre los montes. La carretera que une Aikawa y Kanai, una ruta escénica de 30 kilómetros llamada Ōsado Skyline, es también muy popular. Su punto más alto se sitúa por encima de los 900 metros, altitud desde la cual puede otearse toda la isla. Dos momentos del año especialmente bellos son el inicio del verano, cuando el verde es más intenso, y el otoño, cuando los bosques se tiñen de tonos ocres y rojizos. Pero Sado tiene su encanto en todas las estaciones.
Para quien tenga tiempo y buenas piernas, otra opción es alquilar una bicicleta. Sado es un verdadero santuario de la bicicleta que organiza grandes eventos ciclistas y un triatlón. Aquí, uno puede pedalear a su ritmo contemplando los paisajes costeros, disfrutando en cada pueblo de su gastronomía y reservando las noches para probar los licores locales y darse un baño en unas fuentes termales. Esta forma relajada de viajar encontrará un buen aliado en el clima templado de la isla.
Reportaje y texto: Aoki Yasuhiro.
Fotografías: Miwa Noriaki.
Fotografía del encabezado: paisaje vespertino de la bahía de Senkakuwan.










