El trauma de presenciar la violencia contra su madre  

Pude saber que el marido de María había abusado físicamente de ella a diario durante todo el tiempo que estuvieron juntos. Cuando la violencia volvió a manifestarse tras su regreso a Japón, el hijo de María, de 10 años de edad, instó a su madre a abandonar a ese hombre. Esto fue decisivo. El hijo mayor de María también había animado a su madre a divorciarse. Él había sufrido también al ver la violencia diaria que sufría su madre tras ir a vivir con ellos, y de hecho había sufrido también palizas por parte de su padrastro.

María no pudo proteger a su hijo mayor de la ira de su marido, e incluso alguna vez había levantado la mano contra sus hijos cuando vivía en el apartamento de la familia. El sufrimiento provocado por la violencia de su marido le dejaba con poca paciencia para la desobediencia de sus hijos.

“Mi hermana, que cuidó de mi hijo mayor en Filipinas, dice que siempre era amistoso y sincero con todo el mundo allí”, cuenta María. Pero el niño se sintió incómodo y fuera de lugar en su propia casa, y su reacción a la violencia continua fue apartarse de los miembros de su familia. Las personas con las que finalmente estrechó lazos de camaradería fue una banda local de delincuentes. María se dió cuenta del problema, pero no tenía a nadie a quien pedir ayuda.

“Las personas en Filipinas creen que casarse con un hombre japonés significa una vida de felicidad”, confiesa María. “No tuve el valor suficiente para contarle a mi madre o a mis hermanas lo que estaba sufriendo”. María ni siquiera hablaba de sus problemas con sus amigas filipinas en el vecindario. Todas tenían problemas parecidos, y preferían hablar de temas más agradables cuando estaban juntas.

Niños que tienen dificultades para comunicarse

La violencia engendra violencia, despojando tanto a la víctima como al agresor de autoestima y generando sentimientos de vergüenza en los dos. Las víctimas carecen o pierden frecuentemente la habilidad para interactuar con otras personas y se recluyen del mundo. Normalmente aquellos que han infligido una violencia atroz son personas que han sufrido o presenciado violencia doméstica. Al parecer, el líder del grupo que asesinó a Ryōta esperaba fuera de su casa cuando sus padres se peleaban hasta que la discusión terminaba. 

La violencia doméstica es preocupantemente común entre los esposos japoneses y sus esposas de los países asiáticos. Muchos de estos hombres son trabajadores de cuello azul o considerablemente mayores que sus esposas, bastantes de ellos además son inadaptados sociales. Suelen ser personas criadas en entornos familiares en los que las mujeres no son tratadas igual que los hombres. De este modo, encontramos matrimonios infundidos del desprecio hacia otras personas de Asia y con un desprecio del hombre hacia la mujer. 

La relación entre el marido y la esposa afecta, por supuesto, al compromiso a la hora de criar a los hijos. También afectan a la capacidad de los niños para mejorar sus aptitudes en el aprendizaje del japonés y en su capacidad para expresarse en general. Puede parecer que algunos hijos de madres extranjeras que han sido criados en Japón hablan un japonés completamente fluido, pero incluso ellos requieren de un cuidadoso apoyo en el desarrollo de sus aptitudes lingüísticas.

Los hombres japoneses no suelen dedicarse de manera activa a la crianza de sus hijos, y los maridos nipones de mujeres filipinas rara vez hablan tagalog o inglés, por lo que normalmente hablan con sus esposas en japonés. Las esposas, mientras tanto, rara vez hablan un japonés fluido y no están en una posición para ayudar a sus hijos a adquirir un rico vocabulario.

Al entrar en la escuela, los niños suelen tener dificultades para hacer las tareas por las dificultades para comprender lo que los profesores están diciendo. Tienden a mostrarse reticentes a hablar de sus problemas con sus madres. Y en cuanto a los profesores y a los responsables de la escuela, son propensos a culpar a los estudiantes por sus malos resultados arguyendo que se esfuerzan poco o que carecen de aptitudes básicas. Pocos de ellos se toman la molestia de analizar cómo afecta el ambiente familiar a los resultados del estudiante en la escuela.

Los problemas descritos arriba se basan en las historias de los hijos de madres filipinas y padres japoneses con los que he hablado. Uno de los niños se encerró en el apartamento de su familia al terminar la escuela secundaria, negándose a relacionarse con otras personas. No había sido capaz de expresar sus preocupaciones más personales en japonés, y había perdido la habilidad incluso para exteriorizar sus sentimientos por sí mismo. Este joven quería tener un trabajo, pero no podía soportar pensar que tendría que relacionarse con personas. Desarrolló una ansiedad severa que un día estalló súbitamente en forma de violencia.

Al igual que el hijo de María, este joven había visto a su madre sufrir la violencia repetidamente a manos de su marido. Acabó despreciándose a sí mismo por su incapacidad para protegerla, y había sublimado la ira que sentía hacia su padre. Este joven recuerda haber experimentado discriminación en la escuela desde primaria, pero no guardaba ningún recuerdo de lo que podría haber disparado este arrebato de violencia. Hoy continúa sufriendo por su incapacidad para verbalizar sus experiencias.

Otro joven con el que pude hablar había nacido en Filipinas. Su madre se divorció y se trasladó con su hijo de 2 años a Japón, donde se casó con un japonés. El hijo explicó que sufría violencia por parte de su padrastro y de miembros de la familia de este. Su madre era incapaz de prevenir la violencia, y el chico se encontró sin posibilidad de hablar con su madre sobre el acoso que estaba sufriendo en la escuela.

Este joven filipino acabó involucrado en serios actos delictivos en el instituto, pero retomó la senda de su vida y concluyó sus estudios. Ahora, con 24 años, tiene un empleo como operador de maquinaria de construcción. El joven mostró confianza en sus aptitudes con la maquinaria de construcción, pero me confesó que lucha cada día para esconder una ira interna que le quema. Le pregunté sobre el objeto de esa ira, pero fue incapaz de responderme con precisión.

Las dificultades para divorciarse

¿Por qué las esposas filipinas aguantan la violencia de sus maridos? María me explicó que una de las razones por las que no hacen las maletas y abandonan el hogar es la educación que reciben en la iglesia católica, que prohíbe el divorcio en general. Otra razón, asegura María, es que las mujeres retroceden ante la idea de criar a sus hijos solas en un país extranjero.

“Muchas esposas filipinas aún no pueden hablar japonés después de vivir aquí por más de 20 años”, afirma María. “Este tipo de mujeres se muestran especialmente aterrorizadas ante el pensamiento de arreglárselas por sí mismas como madres solteras. Solo el pensamiento de tener que rellenar ellas mismas los formularios para el divorcio es suficiente para que algunas abandonen la idea”.

María atribuyó su decisión de pedir el divorcio a su estancia en Filipinas. Lejos de la violencia, recuperó la estabilidad emocional para tomar ese paso decisivo. María, que dejó a su familia a la edad de 20 años y llegó a Japón para trabajar en un bar, apenas ha adquirido competencias para hacerse un hueco en la sociedad. El tiempo que pasó de regreso en Filipinas fue como una epifanía. Ver a su familia bregar con las exigencias de la vida diaria, a pesar de su pobreza, fue inspirador. María recobró la confianza en sí misma para superar las dificultades y llevar adelante un hogar independiente de su marido.

De vuelta en Japón, María llamó a la policía un día que su marido la golpeó haciéndola caer por las escaleras. La policía le informó de un centro de consultas dependiente del ayuntamiento para las víctimas de la violencia doméstica, y buscó ayuda allí. La ayuda que ofrecía la ciudad incluía asistencia financiera, que permitió a María alquilar un apartamento por sí misma.

Muchas esposas filipinas carecen de la fuerza que María demostró a la hora de buscar la ayuda que ofrece la administración pública. Muchas son incapaces de reunir el valor necesario para escapar de la violencia.

Distintas cualificaciones para la residencia según la nación de origen

A finales de 2014 había un total de 2.121.831 residentes extranjeros en Japón, después de aumentar un 2,7 % durante el año anterior. La política de inmigración japonesa, reticente a la inmigración en general, ha sido de alguna manera flexible a la hora de dar una respuesta a la necesidad de mano de obra que tiene la nación. De este modo encontramos distintas tendencias en las cualificaciones para la residencia comunes entre las diferentes nacionalidades de los residentes extranjeros. 

Por ejemplo, Japón acepta a trabajadores descendientes de japoneses procedentes de América Latina y a sus esposas con visados de residencia a largo plazo. Los descendientes de japoneses de segunda y tercera generación pueden acceder a este tipo de visados. Los que los poseen son libres de desempeñar cualquier tipo de trabajo en Japón. Las trabajos en fábricas gestionados por servicios de empleo son una línea de trabajo común en estos residentes. El número de brasileños en Japón, que llegaron principalmente con visados de residencia a largo plazo para descendientes de japoneses, alcanzó las 317.000 personas en 2007, pero bajó considerablemente cuando la crisis económica mundial sacudió a Japón al año siguiente. Unos 175.000 brasileños residían en Japón en 2014.

Los chinos componen el grupo más numeroso de residentes extranjeros en Japón—unos 655.000 en 2014—, y viven bajo varios tipos de cualificaciones, como esposas o hijos de japoneses, estudiantes, o aprendices. Alrededor de 100.000 vietnamitas residían en Japón en 2014. La mayoría de ellos estaban en Japón con visados de aprendiz o de estudiante, aunque algunos de ellos eran refugiados de la guerra fría o hijos y nietos de esos refugiados. Las personas que son admitidas en Japón como refugiados normalmente viven con el mismo programa de residencia a largo plazo que sirve a los descendientes de japoneses de otros países.

El buque insignia de Japón para los aprendices es el Programa de Capacitación Técnica para Internos. Este programa es en gran medida una iniciativa que atañe a la cooperación internacional—una plataforma para compartir la tecnología industrial de Japón con los países en vías de desarrollo a través de la enseñanza práctica para jóvenes trabajadores. A decir verdad, este programa es mayormente una vía para importar mano de obra no cualificada para contrarrestar el descenso en la mano de obra en Japón. Los políticos de Japón no se deciden a abrir formalmente la nación a la influencia de la mano de obra no cualificada, por lo que recurren a este tipo de subterfugios para admitir a estos trabajadores como “aprendices”.

Algunos observadores en Japón y en todo el mundo han señalado que los falsos visados de aprendices se han convertido en un cheque en blanco para las prácticas laborales abusivas. Pero lejos de retirar algunos de estos programas con visados de aprendiz, el Gobierno de Japón los está expandiendo. Los empleadores japoneses necesitarán un ingente número de trabajadores durante las labores de preparación para los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. El Gobierno está actuando para ayudarles mediante la extensión de los períodos de residencia posibles bajo los programas para aprendices. Y está aumentando el atractivo de los visados de aprendiz permitiendo a los que los poseen salir y entrar en el país durante el período de residencia.

Alrededor de 218.000 personas procedentes de Filipinas residían en Japón en 2014, un 80 % de ellas mujeres. Las que disponían de visados de artistas, que en el pasado se convirtieron en una vía para entrar en Japón para las mujeres filipinas, eran solo 436 en esta ocasión. Por otra parte, unos 116.000 filipinos vivían en Japón con residencia permanente, 4.000 como esposas de residentes permanentes, 29.000 como esposas de ciudadanos japoneses, y 44.000 como residentes de largo plazo.

Es el momento de hacer una política de inmigración efectiva

En 2004 Japón carecía básicamente de políticas que tratasen sobre los residentes extranjeros, y empezó a investigar la cuestión cuando estos residentes expusieron el problema. Los Gobiernos locales estaban a la vanguardia de las políticas de inmigración, y el apoyo a los residentes extranjeros variaba en gran medida entre las prefecturas y las ciudades. El apoyo de las administraciones municipales y prefecturales a los residentes de otros países ha mejorado mucho desde entonces en toda la nación. Numerosas administraciones locales han adoptado políticas activas para crear comunidades multiculturales. Entre sus iniciativas se incluye asegurar el acceso a las escuelas públicas a los hijos de padres no japoneses, mejorar sus capacidades para preguntar a los residentes extranjeros sobre la educación de sus hijos, ofrecer tutorías sobre la lengua japonesa a los escolares extranjeros, y servirse de intérpretes que acompañen a los residentes de otros países a las clínicas y hospitales.

Podemos estar orgullosos de las mejoras incuestionables en el entorno para los residentes extranjeros en Japón. Pero al mismo tiempo, debemos tener en cuenta las diferencias que existen entre prefecturas y ciudades. Esas diferencias son especialmente notorias en la disponibilidad— y la no disponibilidad— de tutorías sobre el idioma. Japón necesita desesperadamente tener una política unificada para los residentes extranjeros.

A muchos inmigrantes les ha ido bien en Japón, por supuesto, a pesar de no existir una infraestructura de apoyo adecuada. Han construido sus vidas y formado familias, y los residentes extranjeros de segunda generación, en muchos casos, han continuado viviendo sin muchos problemas. Pero si lo examinamos de cerca, podemos identificar una tendencia común en las experiencias de los niños extranjeros que han crecido en Japón. La mayoría de estos niños han tenido unos padres cariñosos y unos profesores comprensivos. Y estos beneficios han servido para imbuir a estos niños de confianza en sus comunidades. No obstante, no podemos ignorar las experiencias de los niños a los que no les ha ido tan bien en Japón.

Este comentario procede de una persona que se ha dedicado profesionalmente durante años a ofrecer apoyo a los residentes extranjeros: “Los niños comienzan a agruparse según la clase social en lugar de la raza o la etnicidad. Los niños que han sido expulsados de la sociedad estrechan vínculos, pero salir de uno de estos grupos puede ser difícil o incluso imposible”.

Ryōta, que no había recibido apenas apoyo por parte de sus padres o de la sociedad, terminó en la órbita del grupo liderado por el “Chico A”. Los mensajes que dejó a sus amigos en la red social Line por desgracia no estaban equivocados: “Cuando dije que me marchaba del grupo, la violencia ha ido a peor. No puedo soportarlo más. Creo que me van a matar”. 

Los medios de comunicación informaron que Ryōta tenía buenos amigos en Nishinoshima y Kawasaki. Aparentemente, el “Chico A” no pudo soportar el pensamiento de Ryōta abandonando su grupo y volviendo a otra clase social. Un mes antes del asesinato, asestó una paliza brutal a Ryōta. En esa época algunos amigos de Ryōta fueron a ver al líder del grupo y le pidieron que se disculpase. “Estaba muy cabreado de que tanta gente se preocupara tanto por (Ryōta)”, dijo el “Chico A” a los fiscales. La violencia fatal desencadenada por “A” parece haber estado dirigida tanto contra la sociedad que le rechazó como contra su víctima.

Japón pierde a unos 220.000 habitantes cada año debido al descenso en el número de nacimientos. La creciente llegada de residentes extranjeros es inevitable. Para adaptarse a esa afluencia es necesario promover medidas que respondan a las necesidades de los niños no japoneses. Tratar a las personas que vienen a Japón bien es un asunto que va más allá de la hospitalidad o el respeto a los Derechos Humanos. Es poner un poco de sentido común para el refuerzo de la estabilidad social en la nación. Ha llegado el momento de que Japón cree una verdadera política de inmigración.

(Publicado en japonés el 27 de mayo de 2015 y traducido al español. Fotografía del encabezado: flores y otros objetos en memoria de Uemura Ryōta cerca del lugar donde fue encontrado su cuerpo junto al río Tamagawa en Kawasaki, en la prefectura de Kanagawa. Fotografía tomada el 24 de febrero de 2015. © Jiji.)