El Estado japonés distingue a los maestros artesanos más prestigiosos con la calificación de “portadores de patrimonio cultural intangible de importancia”. Son los llamados “tesoros nacionales vivientes”. Komiya Yasumasa lo es desde 2018, en reconocimiento a su maestría en el Edo komon. Es la tercera generación de artesanos dedicados en cuerpo y alma a la preservación y actualización de estas prodigiosas técnicas de tintado textil.
Ropas que esperan a ser vestidas para manifestar su carácter
Como corresponde a una vestimenta que nació del conjunto formal kamishimo usado en ocasiones sociales por los samuráis del periodo Edo (1603-1868), el Edo komon transmite toda la distinción de una época. Caracterizado por un dibujo tan sutil que no se revela si no nos acercamos, en el encanto de su rítmica sucesión de motivos parece esconderse una serena dignidad. Es una belleza discreta, que muda su semblante según la sensibilidad, el porte y la compostura de quien lo viste.
“Creo que una de las virtudes del Edo komon es que pone en primer plano a quien lo porta”, comenta Komiya Yasumasa. “Son ropas que solo se realizan plenamente al ser vestidas por alguien. Es su virtud y al mismo tiempo, su gran dificultad. Tiene un punto cruel”.
Yasumasa constituye la tercera generación del Taller de Tinturas Komiya, situado en Katsushika (Tokio), el establecimiento que sentó las bases del Edo komon. La forma en que esta familia ha sabido preservar y desarrollar las técnicas se refleja en el reconocimiento que el Estado japonés ha prodigado a sus tres sucesivos responsables: Kōsuke (abuelo), Yasutaka (padre) y Yasumasa, que fueron designados tesoros nacionales vivientes en 1955, 1978 y 2018 respectivamente.
El Edo komon da expresión a algo muy hondo y recóndito, y esto se logra mediante plantillas con las que los motivos teñidos, de gran detallismo, van extendiéndose por toda la superficie de la tela.
Yasumasa nos habla del esmero que se impone a sí mismo al aplicar esta técnica.
“Según el grado de presión que se aplique con la mano o el estado de los materiales, se aprecian sutiles diferencias entre las obras teñidas por mi padre y las teñidas por mí en aspectos como el tamaño de los puntitos que forman los motivos. Los artesanos que nos hacen las plantillas trabajan también con precisión milimétrica, pero el acabado final depende mucho de cada artesano, porque, según el ángulo con el que incide la herramienta o la posición de la mano, hay partes que no se ven directamente y en las que hay que dejarse llevar por la intuición”.
El Edo komon ofrece una gran variedad de diseños, que van desde los más tradicionales, caracterizados por su sencilla elegancia, a otros de carácter más lúdico, muy originales. Precisamente debido al preciosismo y minuciosidad de esta expresión artística, incluso dentro de un mismo diseño tradicional el resultado final puede variar mucho, dependiendo de quien tiña la tela o de quién haga las plantillas.
Una precisión que nace de una técnica prodigiosa
El amasado de la pasta de reserva (japonés: bōsennori, “cola para impedir el tintado”), hecha principalmente de arroz glutinoso y cal, es el primer paso en la elaboración del Edo komon. La tela se fija sobre una mesa de trabajo larga llamada nagaita, sobre la tela se pone la plantilla y a través de ella se aplica la pasta de reserva, operación llamada katatsuke que decidirá qué partes serán teñidas y cuáles no. Las siguientes fases son el tintado de toda la tela con el color básico, el fijado al vapor, el lavado con agua, el secado y el acabado, con las correcciones o retoques necesarios.
Entre todas estas fases del proceso, es especialmente importante el katatsuke. Hay que ir usando una plantilla de unos 20 centímetros a lo largo de toda la longitud de la pieza, que ronda los 13 metros, sin que se note dónde se han hecho los empalmes. Y la cola debe ser aplicada proyectando todo el peso del cuerpo, pero de forma controlada y uniforme, para que no se formen corros o rodales.
Entre las creaciones de Yasumasa están las que siguen el patrón llamado renjigara, buenos exponentes de la prodigiosa precisión de su técnica. El nombre le viene de renji, que es un tipo de celosía para ventanas formada por finos listones de madera colocados a intervalos regulares. Este patrón de tintado muestra una larga repetición de delicadas franjas. Los tintados renjigara de Yasumasa dan una sensación de profundidad tridimensional y fluctuante muy especial, y ese es su principal atractivo. Son considerados la culminación de su depurada técnica y, como tales, altamente valorados.
“En el patrón renji, pueden trazarse más de 40 líneas por sun (tres centímetros aproximadamente), con intervalos más finos que una aguja. Además, estas piezas se tiñen por las dos caras (ryōmenzome) y esto exige que las plantillas sean aplicadas en el lugar exacto sin el menor desfase. Tanto al recortar la plantilla como luego al aplicarla, en cada paso te lo juegas todo”.
Además de estas refinadas técnicas de teñido y corte de plantillas, en un Edo komon hecho “como Dios manda” concurren necesariamente otros muchos elementos, como washi (papel japonés), nori (cola, pasta de reserva), hake (brochas) y otros materiales, todos de alta calidad. Por esto, la familia Komiya, depositaria durante generaciones de la tradición del Edo komon, además de ir depurando sus propias técnicas de teñido, ha extendido su esmero al campo de las plantillas, reuniendo y conservando las viejas, y formando jóvenes talladores.
Plantillas para salir adelante en los duros tiempos de la guerra
El abuelo de Yasumasa, Kōsuke, comenzó a aprender la técnica del katatsuke a los 11 años en el taller del famoso artesano del tintado komon Asano Mojūrō, en Asakusa (Tokio). Su periodo de aprendizaje terminó cuanto tenía 21, pero continuó acumulando conocimientos mientras peregrinaba de un taller a otro, hasta que se independizó en 1907. En aquella época comenzaba a generalizarse en Japón el uso de tintes importados y en 1910 Kōsuke fue quien consiguió darles un uso práctico a los tintes modernos mediante el método del shigoki, consistente en extender a espátula, sobre una tela a la que previamente se ha aplicado una sustancia para impedir el tintado, una cola o pasta de color (ironori). Este novedoso método le ganó fama como artesano del katatsuke.
Antiguamente, todos los tejidos teñidos utilizando plantillas se llamaban komon. Con ocasión de la designación de Kōsuke como tesoro nacional viviente, nació la denominación Edo komon para distinguir los tintados esmerados y minuciosos del resto.
“En los duros tiempos de la Segunda Guerra Mundial, mi abuelo guardaba las plantillas como un tesoro junto a la cabecera de su cama. Sabía que tenerlas le permitiría salir adelante incluso en los tiempos más duros. Por eso cargaba con ellas hasta el refugio antiaéreo cuando había bombardeos. También solía decir: ‘Si tienes dinero, encárgale al tallador plantillas, aunque sea solo una’. Creo que hizo mucho por preservar la cultura del Edo komon”.
La segunda generación de artesanos Komiya vino con Yasutaka, que desde los 14 años aprendió el oficio bajo la férrea dirección de su padre, hasta que fue capaz de sucederlo al frente del taller.
Consciente de que disponer de buenas plantillas era condición sine qua non para el mantenimiento del arte del tintado, se rodeó de artesanos del washi para tener el mejor papel posible para las plantillas. Y es que la calidad del papel es esencial para conseguir las mejores plantillas de Edo komon. Simultáneamente, en colaboración con talladores, trabajó para recuperar las plantillas más tradicionales del komon. Y utilizando estas plantillas, dio vida a los valiosos diseños de la tradición mediante su depurada técnica.
Transmitir el orgullo de hacer cosas buenas de verdad
Para Yasumasa, dar continuidad al negocio familiar fue algo perfectamente natural. Comenzó a ejercitarse en el Edo komon de la mano de su padre en 1972, al terminar la secundaria obligatoria. Desde entonces, toda su atención se ha volcado en el estudio teórico de las técnicas del Edo komon y en el perfeccionamiento práctico.
“Mi padre me decía que para los 40 años tenía que haber aprendido todas las técnicas. Pero a los 35, hubo un momento en el que sentí que ya no tenía nada más que aprender. Quienes estaban a mi alrededor quizás no se enteraron, pero para mis adentros sentía que ya no podría llegar más arriba, que en adelante lo que me quedaba era dedicarle años e ir dándole carácter a mi arte”.
Al igual que su abuelo y que su padre, Yasumasa ha dedicado muchos esfuerzos a preservar los materiales necesarios para hacer el Edo komon y a la formación de jóvenes artesanos. Y tampoco ha descuidado el estudio de los materiales, en especial del washi, la cola y los tejidos.
Ha estado siempre, al mismo tiempo, en permanente contacto con los talladores de plantillas, con quienes ha intercambiado opiniones y profundizado en su saber. “A las plantillas del renjigara también les he dedicado mucho tiempo, hablando con los talladores y avanzando por ensayo y error. Ahora estos grandes talladores, entre ellos Masui Ippei, son ya mayores”.
“Pero hay otro problema aún mayor: no hay forma de encontrar washi de calidad para las plantillas. Con todo lo que se esforzó mi madre en ese sentido, los artesanos van muriendo y no hay relevo. Actualmente estamos tratando de recuperar el buen washi alrededor de la Ise Katagami Gijutsu Hozon-Kai, una asociación para la preservación de las técnicas de producción de plantillas, en la que yo también participo. Pero hoy en día, debido a estas circunstancias, ya no es posible seguir fabricando plantillas de renjigara y esto podría significar el fin del propio Edo komon”.
Yasumasa se ha impuesto, además, la misión de legar sus técnicas a la siguiente generación, entre la que se cuentan la cuarta generación Komiya, sus hijos Yasuyoshi y Kōhei.
“La tradición no es simplemente preservar las formas de hacer antiguas, sino hacerlas evolucionar a partir de lo que se aprende en el trabajo diario. Las técnicas y destrezas van cambiado con los tiempos. Por eso, haciendo lo que estás haciendo, estás siempre en la vanguardia. Al final, cuando uno piensa qué es lo que desea transmitir a la siguiente generación, la respuesta es una actitud hacia el trabajo. Si eso se transmite como es debido, ellos podrán abrirse camino también en los nuevos tiempos”.
En sus palabras se siente la determinación de una persona que no piensa solo en cómo proteger la tradición, sino en comprender su esencia y tender un puente hacia el futuro.
“Incluso en un mundo como el del komon, hay también quien usa métodos mecanizados. Se consiguen teñidos muy uniformes, siempre iguales. Pero eso no tiene nada que ver con las obras de artesanía tradicional, que tienen esa fluctuación inimitable de las manualidades”.
Las técnicas tradiciones se transmiten desde su inicio con Kōsuke hasta nuestros días, pero no a través de individualidades, de los artesanos que forman las sucesivas generaciones, sino como en un continuo, como si entre todos formasen una única persona que va acumulando mejoras y haciéndolas evolucionar. Preguntamos a Yasumasa por dónde le gustaría dirigir sus creaciones en adelante y su respuesta refleja muy bien lo anterior.
“Más que pensar en si nuestras creaciones deberían ser de una manera o de otra, creo que nuestra función, la de quienes somos portadores de un bien cultural inmaterial de importancia, es depurar al máximo la parte técnica y transmitirla a la siguiente generación. Yo creo que la tradición es una corriente, es algo que se va enlazando a un nivel suprapersonal. Conforme vas sacando las piezas en el día a día, de la forma más natural vas sintiendo que quieres probar a hacer algo nuevo y lo pones en práctica. Todo nace de la acumulación de esa experiencia”.
Reportaje y texto: Sugihara Yuka, redacción de POWER NEWS.
Fotografías: Mori Masatoshi (exceptuando las facilitadas por la Asociación de Kōgei de Japón, la Agencia de Asuntos Culturales y el Museo Nacional de Arte Moderno de Kioto).
(Traducido al español del original en japonés.)







