Muy pocas víctimas de acoso físico se deciden a hacer pública su experiencia. La razón es el temor a que su agresor vuelva a ensañarse con ellas. Escuchamos el testimonio de Uchizawa Junko, que en su último libro narra con toda crudeza su lucha con un hombre que comenzó a acosarla cuando ella pretendió poner fin a su relación.
Uchizawa Junko, escritora, se había despedido de la vida urbana y mudado en 2014 a Shōdoshima, en plena naturaleza. Disfrutaba mucho de su nueva vida en esta isla de la prefectura de Kagawa, donde había hecho amistades tanto entre los llegados de fuera como entre los lugareños. Criaba, incluso, una cabra como animal de compañía. Dos años duró esta bucólica vida. Los sufrimientos llegaron cuando un hombre al que había conocido a través de internet y con el que había mantenido una relación durante cerca de ocho meses comenzó a acosarla. Fue una transformación. En su último libro, titulado Sutōkā to no 700-nichi sensō (“Mi guerra de los 700 días con un acosador”, editorial Bungei Shunjū) es un trepidante y pormenorizado relato en el que Uchizawa explica qué llegó a hacer para protegerse, cómo fue víctima del pánico y perdió completamente la capacidad de juzgar con serenidad, y cómo actuaron en su caso la policía y los tribunales. El libro pone de relieve las grandes carencias del sistema actual para hacer frente a los acosadores.
“Yo no soy un acosador”
Las complicaciones en su relación con A., residente también en la prefectura de Kagawa aunque no en la misma isla, comenzaron a principios de abril de 2016. Uchizawa trató de cortar usando el sistema de mensajería de Facebook, pero esto no hizo más que atizar la obsesión de A. Como Uchizawa sabía ya lo que era ser acosada y sentía miedo ante tanta insistencia, le advirtió que si no la dejaba en paz llamaría a la policía. “Nada más ver las palabras ‘acoso’ y ‘polícia’, se puso fuera de sí, diciendo que él no era un acosador”, explica.
Ante la actitud de A., que comenzó a amenazarla con ir a la isla para hacerle daño, Uchizawa fue a la ventanilla de consulta de la policía de Shōdoshima. Al hacer las comprobaciones del caso con la Sección de Asuntos Penales de dicha policía, se descubrió que A. tenía antecedentes y que estaba usando un nombre falso. Justo un día después, A. se presentó en la isla y Uchizawa apenas tuvo tiempo para dejar su domicilio y ponerse a salvo.
La legislación entonces vigente incluía el correo electrónico entre los instrumentos de acoso, pero no las redes sociales. La reforma legislativa que incluyó también estas no llegó hasta junio de 2017, por lo que el caso de Uchizawa quedaba en un limbo legal.
“De aplicarse la ley contra el acoso, se habría podido emitir una orden de alejamiento y se habría podido también detenerlo en caso de quebrantamiento, es decir, que habría funcionado como freno para el acercamiento físico. Al final, apoyándose también en el hecho de que tal ley no fue aplicada, A. siguió en sus trece y no reconoció el acoso”.
Abogados que no empatizan con las víctimas
Uchizawa interpuso una denuncia por amenazas pero vaciló y se planteó retirarla por miedo a que pudiera desatar la ira de A. Pero la polícia no compartía sus dudas y trató de disuadirla de que la retirase. Retirarla significaría renunciar a la protección y eso también la asustaba. Sin saber que al día siguiente sería detenido, A. pareció “recapacitar” e hizo a la policía una llamada de disculpa. Por eso, no pudo entender su detención después de haberse disculpado y entró en cólera, sintiendo que había sido embaucado por Uchizawa.
Uchizawa estuvo viviendo durante algún tiempo en otra casa de la isla y cambió también de vehículo, eligiendo, para pasar desapercibida, un camionito blanco como los que usan muchos granjeros. La mudanza la hizo de noche y sin despedirse de los vecinos, como quien huye de sus acreedores.
“En Shōdoshima son muy amables con los turistas y siempre están dispuestos a explicarle a un forastero dónde viene este o aquel vecino. Además, entre los isleños hay muchos con parientes al otro lado. Yo vivía con el miedo a que alguien le comunicase a A. mi nueva dirección”.
Luego llegaron las reuniones con la fiscalía de Takamatsu y con el abogado de A. El fiscal le aconsejaba que, antes que exponerse a alguna venganza, sería mejor olvidarse del caso, y el abogado insistía en su pretensión de llegar a un acuerdo extrajudicial. Uchizawa, por su parte, consultó a un bufete de abogados que le había presentado un conocido, pero se dio cuenta de que el encargado ni comprendía la situación en la que quedaban las víctimas de acoso, ni empatizaba con ellas.
“Los abogados son profesionales del derecho, pero eso no hace necesariamente de ellos buenos comunicadores. Cómo llevar la negociación, si aceptar un acuerdo extrajudicial o no hacerlo, esas cosas tenía que hablarlas en profundidad con mi abogado. Yo atravesaba momentos de pánico y lo único que quería era que todo terminase rápidamente, porque me daba mucho miedo enfurecer todavía más a A., así que mi capacidad de juicio estaba bajo mínimos. Él podía haber previsto las reacciones del agresor y haberme mostrado las opciones que se me presentaban, aconsejarme que me tranquilizase, explicarme las posibilidades y peligros…, pero no hizo nada de eso”.
Los abogados de ambas partes fueron tramando un acuerdo con unas condiciones que se presentaban cada vez más desfavorables a los intereses de Uchizawa. Si bien se incluyó la prohibición de acercamiento físico, se insistió en la importancia de que no trascendieran los datos personales de A., que tenía antecedentes, y sin que Uchizawa fuera plenamente consciente de ello se la instó a comprometerse a no hablar a nadie del asunto si quería que la negociación llegara a buen puerto. Para ella, que venía escribiendo lo que pasaba a su alrededor, era muy difícil plegarse a la condición de no escribir sobre su propia experiencia como acosada. Desde el principio había tenido la idea de proponer en la negociación que se le permitiera escribirlo de forma que no pudiera deducirse la identidad del agresor. Pero, llegado el momento, se sintió embargada por un sentimiento de impotencia y no fue capaz de reaccionar diciendo que no firmaría el acuerdo extrajudicial.
“Tenía que haber dicho que me negaba a cerrar el acuerdo, pero no pude. Cada vez que lo recuerdo, me pongo a rabiar. Pero para cambiar de abogado, una vez más habría tenido que enseñarle al siguiente los humillantes mensajes que había recibido (ocho fueron reconocidos como amenazas por el tribunal), y explicarle que había conocido a A. a través de Yahoo! Partner (sitio de internet para encontrar pareja). Todo otra vez desde cero. Psicológicamente, se me hacía muy duro”.
Establecido el acuerdo extrajudicial, A. evitó ser encausado.
Hostigamiento en violación de las condiciones del acuerdo
Medio año después de la firma del acuerdo, A. envió un mensaje a una cuenta de LINE que Uchizawa había olvidado eliminar y, además, reanudó el hostigamiento usando profusamente el 2channel, un popular foro de Internet en el que suelen escribirse atrevidas opiniones valiéndose del anonimato. Ocurrió justo cuando Uchizawa había vuelto a cambiarse de casa, pensaba en su futuro y trataba de rehacer su vida.
“Lo que me resultó más imperdonable fue que me dijera que no tenía miedo por lo que yo pudiera hacer, que si lo llevaba a juicio por haber incumplido el acuerdo, él se escudaría en el hecho de que era beneficiario del sistema de ayudas públicas a la subsistencia para negarse a pagar ninguna indemnización por el incumplimiento. Esto colmó el vaso de mi paciencia y me convenció de que la única alternativa era luchar hasta el final”.
Cuando acudió a la ventanilla de consultas de la policía, le dijeron que aquel era un caso civil en el que la policía no podía interferir, pero le aconsejaron que mantuviera abierta su cuenta en LINE para ver qué ocurría.
“Ellos entendieron que los mensajes concernían al contenido del acuerdo y que era una forma de hostigamiento, pero que, al no haber amenazas que pudieran llevarse por la vía penal, el asunto quedaba fuera del radio de acción de la policía. Al final, fue posible llevarlo por lo penal solo porque A. hizo también referencias de carácter sexual”.
Finalmente, A. fue encausado por amenazas y difamación. Se dictó contra él sentencia de culpabilidad con 10 meses de prisión.

