Sentimientos encontrados en Japón

Poco después del Incidente de Alta Traición, un complot para asesinar al Emperador de Japón, el desmoronamiento del gobierno imperial de China inevitablemente desencadenó ondas expansivas a través del Gobierno Meiji. Pero la opinión pública estaba dividida. En su diario de viaje Pari Yori (Desde París), la poetisa Yosano Akiko y su marido Yosano Tekkan describieron Shanghai tal y como la veían cuando la visitaron inmediatamente después de la Revolución Xhinhai: “El así llamado ejército revolucionario, habiendo tenido la fortuna de aparecer en un momento en que propios y extraños por un igual estaban hartos de las políticas de Pekín, pareció emerger, aunque de forma improbable, como la fuerza dominante. Sin embargo, en cuanto a su capacidad, daba la impresión de que estaba compuesto por chusma, comparable a los estudiantes de la escuela de samuráis Kagoshima durante la Rebelión de Satsuma en 1877; simplemente corría por todas partes causando conmoción”. El ex primer ministro Ōkuma Shigenobu expresó un punto de vista todavía más desdeñoso en el número de noviembre de 1911 de la revista mensual Chūō Kōron: “¿Sun? ¿Por qué molestarse en hablar de alguien como Sun? Además, ya lo he hecho de los revolucionarios. Obviamente, no hay nada especial en Sun”. El filósofo y crítico Miyake Setsurei ofreció también una valoración más cautelosa en la misma publicación: “Solo el tiempo dirá si Sun aparece como un gran hombre o termina siendo un don nadie”. En aquel momento, al menos, mientras Sun estaba exiliado, los japoneses no expresaban un apoyo unánime a su figura.

Sun Yat-sen con el señor Umeya Shōkichi y su esposa Toku (Foto: Kosaka Ayano)

Se sabe de sobra que la revolución de Sun Yat-sen recibió el apoyo de numerosos japoneses panasianistas. Miyazaki Tōten y su hermano Yazō, los hermanos Yamada Yoshimasa y Jyunzaburō, Kayano Nagatomo, Tōyama Mitsuru, Inukai Tsuyoshi, Umeya Syōkichi, estaban entre los muchos entusiastas seguidores de la revolución en Japón. El mismo Sun reconoció el apoyo japonés a la revolución en su Jian guo fang lue (Plan general para el desarrollo nacional). Incluso en la actualidad, esta asociación revolucionaria se cita como símbolo de los lazos de amistad entre China y Japón. Sin embargo, es importante recordar que la política básica del gobierno japonés de la época consistía en apoyar a la corte de Qing en Pekín. La mayoría de las empresas japonesas también esperaban un cambio gradual de la política y la sociedad y no veían razón alguna para apoyar una revolución que ponía en peligro la actividad económica.

Pero lo que es más significativo en este marco es que a pesar de la actitud general del gobierno japonés y el mundo empresarial, un número importante de japoneses decidieron, no obstante, comprometerse con China en sus propios términos, por sus inclinaciones y convicciones, dando su apoyo a un movimiento que había comenzado con una minoría de reformistas superiores en número y revolucionarios. Esta diversidad fue un aspecto importante de las relaciones entre Japón y China.

Después de la Revolución de Xinhai, la popularidad de Sun Yat-sen creció constantemente. Se benefició de su imagen como “héroe trágico” perseguido por Yuan Shikai y después por el título que le otorgó el gobierno nacionalista como “Padre de la Revolución” y “Padre de la nación”. El régimen Wang Jingwei (Wang Ching-wei), establecido por Japón en Nanjing en 1940, también consideraba a Sun un padre fundador, mientras que la popularidad de la visión revolucionaria de la historia de los círculos académicos japoneses de posguerra dejó ilesa su reputación. No es raro que la imagen de las figuras históricas difiera en la posteridad de las valoraciones de sus contemporáneos.