Soñando con un mundo en que no se limite a las personas por sus atributos
Para no elevarlo al nivel de creencia o de principio, diré que lo que tengo es un ideal o un sueño: que las personas deben poder vivir libremente, eligiendo su camino vital según su voluntad, sin verse limitadas por atributos como el lugar de nacimiento o la nacionalidad, el género o la sexualidad, o la etnia o el color de la piel. Al verbalizarlo de nuevo, me río porque compruebo que, en efecto, no es más que un sueño. Y, sin embargo, qué bien estaríamos en un mundo en que pudiéramos vivir libremente, siguiendo nuestra voluntad, como nosotros quisiéramos, sin que por ello se nos tildase de egoístas. Ahora que lo pienso, creo que el deseo por un mundo así se filtra en mis novelas.
La protagonista de Hitorimai (Baile en solitario), Chō Norie, se traslada de Taiwán a Japón para huir de una herida del pasado y, al no lograr huir de sí misma, decide escapar de la propia vida mediante el suicidio. “El nacimiento es algo que se impone al individuo sin contar con su voluntad. Ya que no existe ninguna forma de rebelarse contra algo tan ilógico, al menos debemos disfrutar del derecho de escapar”, dice el personaje en la novela, llegando a una conclusión radicalmente autodeterminista. También la protagonista de Itsutsu kazoereba mikazuki ga (Si cuentas hasta cinco, será luna creciente) es una mujer que vivió una juventud atribulada por limitaciones y constricciones que tuvo que superar para poder elegir elementos de su vida como qué idiomas hablar, en qué países vivir o qué trabajos desempeñar.
Desde el momento en que nacemos, nos vemos obligados a arrastrar una serie de condiciones vitales. Quiero seguir soñando en un mundo en que podamos asumir esas condiciones sin que nos limiten. El día en que deje de ser determinante ser mujeres u hombres, homosexuales o heterosexuales, extranjeros o japoneses, transgénero o cisgénero, puede que las personas volvamos a ser simplemente personas y hallemos la libertad.
Fotografía del encabezado: show999 / PIXTA.