El enfrentamiento entre Irán y Estados Unidos continúa sin un desenlace a la vista. Una conversación con el embajador de Irán en Japón arroja luz sobre la historia de los lazos entre Tokio y Teherán y brinda esperanzas de lograr avances positivos en el ámbito diplomático.
Un paso excepcional por el estrecho
El ataque conjunto de Estados Unidos e Israel lanzado contra Irán el 28 de febrero de 2026 escaló con rapidez hasta convertirse en una crisis para la economía mundial cuando Teherán respondió con el cierre del estrecho de Ormuz. En un momento dado, aproximadamente 1.500 embarcaciones quedaron varadas en el golfo Pérsico, entre ellas unos 40 buques vinculados a Japón, según la Organización Marítima Internacional.
En estas circunstancias, el Idemitsu Maru, un petrolero operado por una filial de Idemitsu Kōsan que transportaba dos millones de barriles de crudo saudí, cruzó el estrecho el 28 de abril con la autorización del Gobierno iraní y regresó a Japón a finales de mayo. En un momento en el que Irán seleccionaba qué a buques otorgaba permiso para cruzar, el paso de un petrolero perteneciente a un aliado de Estados Unidos fue recibido con sorpresa en el ámbito internacional.
Tanto el Gobierno japonés como Idemitsu Kōsan negaron que hubiera mediado contraprestación alguna (quid pro quo) —financiera o de otra índole—. En busca de más información sobre los motivos por los que se concedió el paso al Idemitsu Maru, visité la embajada de Irán en Tokio en septiembre de 2026 para entrevistarme con el embajador Peyman Saadat.
La buena voluntad histórica como capital diplomático
La amistad entre Japón e Irán se remonta a 1953. Tras la Segunda Guerra Mundial, Irán declaró la nacionalización de su industria petrolífera, que había estado bajo el control de las grandes compañías petroleras británicas. Encolerizado por esta medida, Londres envió buques de guerra para bloquear los puertos iraníes y presionó a otros países para que no comerciaran con Irán, instrumentos de coacción que parecen resonar hasta el día de hoy.
En medio de esta crisis, Idemitsu Sazō (1885-1981), fundador de Idemitsu Kōsan, envió en secreto el petrolero Nisshō Maru en marzo de 1953. Tras eludir a la Marina Real británica, el buque llegó al puerto iraní de Abadán y en mayo regresó a Japón con un cargamento de crudo iraní.
En Irán, los nombres del Nisshō Maru y de Idemitsu siguen siendo emblemáticos de un Japón que se atrevió a comerciar con el país a pesar de la presión internacional. Desde su llegada a Tokio en 2023, el embajador Saadat ha invocado con frecuencia el vínculo forjado a través del Nisshō Maru.
En nuestra entrevista, el embajador compartió detalles sobre el paso del Idemitsu Maru por Ormuz. Según explicó, la embajada de Irán estuvo en contacto con el Ministerio de Asuntos Exteriores de Japón en relación con los buques vinculados al país asiático en el golfo Pérsico y tuvo acceso a una lista completa de petroleros. El embajador señala que persuadió entonces a las autoridades de Teherán apelando a la relación histórica que se remonta al Nisshō Maru, y recomendó personalmente que se concediera máxima prioridad de paso al Idemitsu Maru.
Conmovido además al ver que el Idemitsu Maru llegaba sano y salvo a Chita (prefectura de Aichi), visitó el templo Tōkeiji en Kamakura, donde reposan los restos de Idemitsu Sazō, para presentar sus respetos. Esta visita, según afirmó, le permitió apreciar aún más la historia compartida por ambos países.
La amistad surgida a raíz del episodio del Nisshō Maru dio sus frutos en la década de 1970 mediante importantes proyectos energéticos japoneses en Irán. Incluso después de la Revolución Islámica de 1979, que llevó a Washington a romper relaciones con Teherán, Japón mantuvo los lazos diplomáticos y siguió un rumbo independiente a pesar de las presiones de Estados Unidos.
Japón fue la única gran potencia que mantuvo una postura diplomática neutral con ambas partes durante la guerra entre Irán e Irak en la década de 1980, lo que permitió al entonces ministro de Asuntos Exteriores, Abe Shintarō, emprender labores de mediación. Y en 2019, su hijo Abe Shinzō viajó a Teherán en calidad de primer ministro y se reunió con el líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, en un momento de crecientes tensiones entre Estados Unidos e Irán por el programa nuclear de este último. A lo largo de las décadas, Japón ha servido como un canal único entre Irán y la comunidad internacional en su conjunto.
Lazos duraderos entre Tokio y Teherán
El embajador Saadat afirmó que valoraba profundamente los esfuerzos de Abe Shinzō y de su padre, y destacó el importante papel que desempeñó la familia Abe en las relaciones bilaterales.
Tras el asesinato de Jamenei en febrero de 2026, el embajador llevó consigo un retrato del difunto líder iraní cuando visitó a “un familiar de Abe”. Durante el encuentro, Saadat transmitió al pariente que los dos líderes, que se habían reunido en persona en busca de la paz, compartieron en última instancia el mismo destino: ambos se convirtieron en víctimas de “un acto terrorista” El embajador declinó identificar al familiar, pero señaló que “estaba llorando”.
Cuando el primer líder supremo de Irán, el ayatolá Ruholá Jomeini, falleció en 1989, Japón envió como emisario especial a Irán al veterano político del Partido Liberal Democrático Fujio Masayuki para expresar sus condolencias. Del mismo modo, cuando el presidente Ebrahim Raisi murió en un accidente de helicóptero en 2024, el primer ministro Kishida Fumio acudió a la embajada de Irán en Tokio para firmar en el libro de condolencias.
Por el contrario, tras la muerte de Jamenei en febrero, el Gobierno de la primera ministra Takaichi Sanae no realizó ningún gesto público comparable.
Antes de la entrevista, remití por adelantado varias preguntas a la embajada. Una de ellas atañía a la opinión de Saadat sobre la respuesta del Gobierno japonés ante el fallecimiento de estos tres líderes iraníes. Sin embargo, poco antes de nuestro encuentro, el embajador solicitó que se retirara la pregunta.
Como diplomático de carrera que ejerció anteriormente de embajador en Bélgica y director general de la Oficina de Asuntos Europeos del Ministerio de Asuntos Exteriores, Saadat me dio la impresión de ser un profesional respetuoso con el principio de la Convención de Viena de no injerencia en los asuntos internos de los países anfitriones. Al mismo tiempo, su petición pareció sugerir, con mayor elocuencia que las palabras, que responder a esa pregunta lo habría obligado a expresar su descontento con la actual Administración japonesa.
La Asamblea General de la ONU celebrada en Nueva York en septiembre brindó una oportunidad para la diplomacia al más alto nivel. La primera ministra Takaichi mantuvo allí una serie de reuniones, no solo con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sino también con otros mandatarios, entre ellos el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.
A mi juicio, si se hubiera reunido también con el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, se habría podido poner de manifiesto la amplitud y la solvencia de la diplomacia de Takaichi, al tiempo que se habría recordado al mundo el vínculo que une a Japón e Irán desde los días del Nisshō Maru. La trayectoria de las sucesivas administraciones demuestra que afianzar la alianza con Estados Unidos y mantener relaciones de amistad con Irán no son objetivos incompatibles.
El embajador también reveló que, una vez concluida su misión en Tokio, espera escribir un libro sobre los hibakusha, los supervivientes de los bombardeos atómicos. Concluí la entrevista impresionado por su compromiso sincero y respetuoso con Japón, y con la esperanza de que el Gobierno de Takaichi haga más por aprovechar este valioso activo diplomático en beneficio de Japón y del mundo.
(Publicado originalmente en japonés el 10 de octubre de 2026.)