En esta serie presentamos varias casas tradicionales de Tokio y alrededores convertidas en cafés donde el presente y el pasado se funden, y lo hacemos de la mano de una autora apasionada de las cafeterías. El decimocuarto artículo se lo dedicamos al Blue Brew Coffee Roaster, un establecimiento que se ubica en Kyōjima (Tokio).

Blue Brew Coffee Roaster, una cafetería en la que ellos mismos tuestan el café, abrió sus puertas en abril de 2026 en Kyōjima, una zona del distrito de Sumida donde aún quedan algunas casas adosadas viejas que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial.

Aunque este establecimiento se encuentra en un rincón de una calle comercial tranquila situada a unos 15 minutos a pie de la estación más cercana, algo nada práctico, no le falta clientela: esta está formada tanto por vecinos de la zona como por viajeros de otros países. ¿Qué tendrá esta cafetería, regentada por un joven que ni siquiera ha cumplido los treinta, para lograr atraer a tanta gente?

Un café que despierta los cinco sentidos

La vivienda, construida hace más de ochenta años, tiene dos plantas. Al pasar por la cortina noren blanca de la entrada, nos topamos con una barra de alcanfor alargada y lustrosa; observamos, además, que las paredes de tierra son grises, el suelo está cubierto de tejas viejas y los pilares tienen multitud de marcas. Fascinados por las diversas texturas de la antigua residencia, levantamos la vista hacia el techo, donde nos esperaba un misterio: un cartel con tres caracteres, de los cuales el último estaba tapado parcialmente y no se leía. Los dos restantes se leían kinkyoku; esto es, música de koto (arpa japonesa). A decir verdad, dicho letrero resultó ser un vestigio de la historia de la casa, pero hablaremos de ello más adelante.

El suelo está cubierto por unas tejas provenientes del tejado de una antigua casa vecina que fue derrumbada.
El suelo está cubierto por unas tejas provenientes del tejado de una antigua casa vecina que fue derrumbada.

La carta incluye postres caseros y bebidas como el café con leche, el café preparado en frío (cold brew) y el moka Mörk, una bebida hecha con chocolate artesanal originaria de Melbourne. Nosotros pedimos un café de filtro y una tarta de queso; de las ocho variedades de café de especialidad disponibles, elegimos unos granos procedentes de una finca cafetera de Etiopía. Una taza preparada por Sekine Kenta, barista y propietario del establecimiento, utilizando un gotero de café de la marca Orea desprende un suave aroma afrutado y deja cierto regusto dulce.

Ahora bien, ¿de qué forma se puede transmitir el atractivo que encierra una taza de café? En este caso, destaca el ingenio que se demuestra buscando apelar a los cinco sentidos. Por ejemplo, la taza, que no tiene asa y es de cerámica de Arita, está pensada para disfrutar, mediante el tacto, del calor que desprende el café. La tarjeta que la acompaña, hecha con papel washi, lleva pintado en el anverso un color relacionado con el sabor del café, mientras que la información relativa al café está escrita en el reverso. El propio Sekine es quien se encarga de diseñar estas tarjetas; así pues, si es un café que evoca el pomelo o el albaricoque, la tarjeta incluirá un diseño amarillo con una sombra naranja. Es una forma elegante de dejar que sean los colores, y no las palabras, los que primero representen el sabor y el aroma.

Taza que permite disfrutar, a través de la palma de la mano, del calor que desprende el café. Viene acompañada de una tarjeta que ayuda a hacerse una idea sobre el aroma.
Taza que permite disfrutar, a través de la palma de la mano, del calor que desprende el café. Viene acompañada de una tarjeta que ayuda a hacerse una idea sobre el aroma.

En cuanto a los dulces, al parecer, estos se diseñan teniendo en cuenta el posible maridaje con el café. Por ejemplo, el plato donde se sirve la tarta de queso viene con sal rosa y azúcar de canela. Le echamos un poquito de sal a la tarta. Tras el primer bocado, al tomar el café, el ligero gusto salado reduce el dulzor y realza las características del café. Tanto el café como la tarta mostraron sus múltiples facetas hasta el último sorbo y el bocado final, respectivamente.

El paisaje que se divisa tras una taza de café

El blue —azul en inglés— del nombre de la cafetería hace referencia al color del cielo y el mar. Sekine se ve a sí mismo como el último eslabón de una larga cadena que comienza con los productores y termina con él, responsable final del camino que sigue el café surcando los cielos y los mares de la Tierra: él tuesta los granos y prepara la bebida que llega a los consumidores.

Sekine preparando un café con hielo en una AeroPress. Su compromiso para con la calidad es férreo, pues se ve a sí mismo como el responsable final en la cadena del café.
Sekine preparando un café con hielo en una AeroPress. Su compromiso para con la calidad es férreo, pues se ve a sí mismo como el responsable final en la cadena del café.

Precisamente por eso se esfuerza hasta límites insospechados incluso en aquello imperceptible para el ojo humano. Cada mañana dedica los 45 minutos anteriores a la apertura del local a probar las ocho variedades de granos. Además, ajusta la máquina de expreso, una La Marzocco, cada hora para garantizar que el sabor no cambie. Detrás de cada taza hay toda una labor seria y honesta en aras de una calidad duradera.

En verano recomendamos encarecidamente tomar el café con hielo preparado en la AeroPress: en primer lugar, el barista filtra un poquito de café sobre el hielo para aislar las sustancias aromáticas. A continuación, aplica presión con una cafetera de émbolo, lo que da lugar a un sabor fuerte. Nada es fruto del azar, sino que cuida hasta el último detalle, incluso la cantidad de cubitos de hielo que lleva cada vaso.

Cómo surgió la cafetería

Durante una década, hasta que terminó sus estudios universitarios, Sekine se entregó por completo al béisbol y, como líder en dicho deporte, se vio en la tesitura de cómo contribuir a su equipo. Tras graduarse en la universidad, se colocó en una empresa ferroviaria, donde le asignaron las funciones propias de un empleado de estación. Sin embargo, sufría en ese puesto por sentirse como una parte de la maquinaria, ya que no podía entablar conversaciones dignas de un ser humano cuando trabajaba en el andén.

No obstante, todo eso cambiaría cuando la intuición lo condujo al mundo del café, con sus luces y sus sombras. Sekine, que anhelaba encontrar la paz y sentía interés por los problemas sociales y medioambientales, se lio la manta a la cabeza y decidió ir a Sídney, donde la cultura cafetera ha echado raíces, a pesar de no saber inglés ni tener formación alguna para trabajar como barista. Así, se pateó la ciudad para repartir unos 300 currículos en cafeterías que buscaban personal con la capacidad suficiente para trabajar a toda mecha desde el primer día y recibió una negativa tras otra, hasta que un establecimiento reconoció su pasión y su calidad humana y decidió contratarlo.

Al cabo de un año aprendiendo los fundamentos del café en Sídney, regresó a Japón, donde siguió estudiando; concretamente, en una popular cafetería de Tokio. En 2025 inició su propio negocio alquilando New Hikifunesō, una cocina compartida del distrito de Sumida, una vez por semana. Allí fue donde conoció al propietario del bar de vinos Ocha to odashi to wain un, ubicado en una antigua residencia de Kyōjima. Cuando el local iba a echar el cierre, el dueño le pidió a Sekine que se hiciera cargo de ese importante edificio de preguerra. Y allí es precisamente donde tiene ahora su cafetería.

Un legado formado por ochenta años de recuerdos

La antigua residencia acumulaba una historia propia de shitamachi; esto es, los barrios donde vivían las clases populares: cuando se construyó, fue una vivienda. Luego se transformó en una escuela de koto, el arpa japonesa. Más tarde pasó a ser un restaurante de okonomiyaki, un negocio que tuvo éxito durante mucho tiempo. A continuación vino otro restaurante, que estuvo en funcionamiento durante tres años. En 2022, antes de que abriera el bar de vinos, el edificio fue sometido a una reforma de gran envergadura, durante la cual se retiró el techo y se descubrió el letrero que habíamos mencionado anteriormente.

El edificio conserva el aire antiguo propio de las construcciones que combinaban residencia y comercio.
El edificio conserva el aire antiguo propio de las construcciones que combinaban residencia y comercio.

Sekine valoraba la historia del local, de ahí que quisiera conservar el aspecto interior de ese bar de vinos con encanto y se limitara a reforzar las medidas antisísmicas de los muros. En cuanto a los materiales, se decantó por la tierra de Kyōjima. Las paredes de tierra típicas de este barrio tokiota, que se caracterizan por el color blanquecino de la pintura aplicada por los maestros artesanos, custodian este espacio dedicado al café. Además, el edificio conserva el estilo antiguo propio de las construcciones que integran el domicilio y el lugar de trabajo en un solo espacio: en la planta baja, el comercio; en la superior, la vivienda. De hecho, Sekine vive en la vieja habitación de estilo japonés que ocupa el piso de arriba, lo que lo convierte en una parte más de un paisaje urbano de otro tiempo.

Los testimonios de los residentes más longevos

La tranquilidad que se respira en el interior de la cafetería es otro de sus grandes atractivos. “La idea es que todos los presentes, yo mismo inclusive, que estoy al otro lado de la barra, nos encontremos alrededor de una sola mesa”, cuenta Sekine. El carácter de este barista conquista a la clientela y hace que repitan; por ejemplo, un turista procedente de otro país que se alojaba en las cercanías estuvo allí todos los días durante la semana que pasó en la ciudad, mientras que una pareja joven fue expresamente a decirle que había decidido mudarse a Kyōjima. El propietario de esta cafetería se hace querer también entre los vecinos que regentan otros comercios.

Un espacio tranquilo en el que se reúnen tanto viajeros como residentes del barrio.
Un espacio tranquilo en el que se reúnen tanto viajeros como residentes del barrio.

“Tengo un cliente habitual de 87 años que comparte conmigo cómo fue vivir algo tan importante como los bombardeos de Tokio y me cuenta historias de la vida de antaño en Kyōjima”, explica Sekine. Además, parece que hay algún cliente que iba a aprender koto en la época en la que el local lo ocupaba una escuela de este instrumento. En momentos como ese el cartel del techo vuelve a cobrar vida y se convierte en un recuerdo vivo. El verdadero legado que aquí se transmite empieza con los granos de café y la antigua residencia y sigue con los propios recuerdos del barrio.

Una cadena de felicidad en Kyōjima

Sekine utiliza el término “coetáneo” para referirse a un bar y un restaurante que abrieron en la zona al mismo tiempo que él, y lo hace desde el cariño: Comptoir Coin, un bar de vinos que antes estaba en Kuramae y cuyo menú del día se centra en la pasta, y Carlos, un restaurante especializado en curri. Al presentarse clientes los unos a los otros, estos tres establecimientos han conseguido formar un delicioso triplete en Kyōjima. Sin duda alguna, esto ha servido para revitalizar el barrio y darle un soplo de aire fresco.

“La idea es conseguir que este sea un lugar donde la temperatura corporal suba un grado”, afirma Sekine. Por ejemplo, el calor que trasmite el café de la taza a la lengua y, posteriormente, a los cinco sentidos; la complicidad que se encuentra en las conversaciones informales y en el cruce de miradas o los momentos de renovación espiritual vividos al volver a conectar con uno mismo mientras se disfruta de una taza de café.

Así pues, este es un lugar en el que ese grado del que hablaba el propietario nos llega a las manos y logra que alcancemos la temperatura idónea. Tal vez Sekine se haya convertido en el eslabón que une a la gente con el café, a las personas entre ellas y a estas con el barrio precisamente por el dolor que vivió cuando trabajaba en una estación de tren y sentía que lo trataban como si fuera una máquina.

“Me gustaría que la cafetería fuera el comienzo de una cadena de felicidad”, afirma Sekine, que desea que la gente se lleve consigo las pequeñas alegrías que siente en su establecimiento y se las transmita a su familia, a sus compañeros de clase; en definitiva, que reconforten a otra persona, de modo que la cadena siga creciendo.

Al establecimiento se tarda algo menos de quince minutos dando un paseo desde las estaciones de Hikifune, Omurai y Oshiage. Si alguien nota que el cuerpo y la mente se le enfrían a pesar del bochorno, que no deje pasar la oportunidad de ir a este lugar donde conseguirán reconfortarlo.

Blue Brew Coffee Roaster

  • Dirección: Tōkyō-to Sumida-ku Kyōjima 2-25-3
  • Horario: de 8:00 a 18:30 (excepto los martes, que solo abre hasta las 13:00). Cerrado por descanso los miércoles.
  • Cómo llegar: a unos 11 minutos a pie de las estaciones de Omurai y Hikifune, de la línea Tobu Kameido, y de la estación de Keisei Hikifune, de la línea Keisei Oshiage. También a unos 15 minutos a pie de la estación de Oshiage (Skytree), de las líneas Tobu Isesaki y Toei Asakusa.
  • Sitio web oficial: https://www.instagram.com/bluebrew_tokyo/

Texto e imágenes: Kawaguchi Yōko.

(Traducción al español del original en japonés)