Creer en el futuro de los niños y contarlo
En Gaika se ve cómo Mayumi, la hija de Kimie, lleva a su familia a visitar a los Yamauchi en el sanatorio. Más recientemente, tras el fallecimiento de Sadamu, la NHK emitió un documental en el que abordaba los vínculos entre Kimie y su familia y que impresionó a espectadores de todo el país.
“Mi nieto es encantador. En cuanto llega empieza a abrazarme y anunciar en voz alta: ‘¡He venido a verte, abuela!’. En el documental le preguntaron si no se metían otros niños con él porque su abuela era discapacitada, y él contestó: ‘El que dice cosas malas de mi abuela no es amigo mío’. Cuando le oí decir eso se me saltaron las lágrimas”.
Kimie cree firmemente que la educación desde la infancia es fundamental. Hoy en día no puede salir mucho de casa por influencia del coronavirus, pero hasta el comienzo de la epidemia disfrutaba visitando la guardería del barrio e interactuando con los niños.
“Al principio me preguntaban sin malicia qué me pasaba en las manos, o por qué tenía los ojos rojos. Yo les contestaba que estaba enferma, que no podía cerrar bien los ojos aunque soplara el viento y se levantara el polvo, y ellos lo entendían y me demostraban mucha consideración. Pese a que son muchos los adultos cargados de prejuicios en este mundo, ¿no sería reconfortante que los niños pudieran crear un futuro mejor? Son ese tipo de sentimientos los que me llenan, cuando charlo con los niños”.
También voy a escuelas y asilos de ancianos para compartir mis experiencias. Kimie comenta que las personas mayores suelen tener prejuicios profundamente arraigados hacia los expacientes de esta dolencia. “Eres leprosa, ¿no? ¿Qué tiene que ver la lepra con nosotros?”, llegaron a decirle, con violencia. En esas ocasiones Kimie pedía, con voz tranquila, que no usaran esa palabra. “Ahora se llama ‘enfermedad de Hansen’. Yo ya he podido superar esa enfermedad y reincorporarme a la sociedad”.
En un caso aún peor, un antiguo médico del ejército contó un cruel crimen como si fuera uno de sus “logros” durante la guerra, cuando en el frente enterró vivo a un soldado aquejado del mal de Hansen. “¿Y aun así te consideras un ser humano?”, se agitaba con sus protestas y lágrimas el pequeño cuerpo de Kimie.
“La experiencia de volver a la sociedad y experimentar todo tipo de cosas me ha hecho crecer y fortalecerme. La experiencia de hablar en público es de provecho tanto para quienes me escuchan como para mí”.
Kimie, que asegura ser una mala perdedora, se dijo a sí misma: “Si no puedes escribir, usa un ordenador”. Desde que tenía setenta años comenzó a llevar un diario en su computadora, donde también registra sus gogyōkas (poemas libres de cinco líneas). Se le da muy bien organizar sus fotos, escribir correos electrónicos y comprar en línea.
“En las tiendas de comida nunca me sirvo yo misma; más bien le pido al empleado que tome él los productos. Antes debía tener mucho cuidado para caerles bien a los dependientes. Por eso poder comprar online es un paraíso para mí (risas)”.


