Reflexiones sobre la discriminación por el coronavirus y el suicidio juvenil

“Creo que estamos en la misma situación que hace años, cuando se llamaba ‘lepra’ a la enfermedad de Hansen”, dice Kimie refiriéndose al nuevo coronavirus y a su avance desenfrenado, que parece erosionar los corazones de las personas.

“Cuando un coche con matrícula en Tokio (donde hay una gran cantidad de personas infectadas) llega a una zona rural, se les dice a sus ocupantes que se vayan a su casa, o si alguien se contagia del coronavirus sus hijos sufren acoso en la escuela. Me parece totalmente impensable. Creo que es imperdonable que este tipo de prejuicios no hayan cambiado en absoluto. Nadie se enferma porque quiera. Hay muchas personas que sufren cuando las maltratan por haberse contagiado con este virus; espero que de algún modo puedan recuperarse y rehacer sus vidas, como lo hacemos nosotros, quienes hemos sufrido la enfermedad de Hansen”.

Kimie habla en un tono suave y gentil de principio a fin, pero hay un momento en el que de pronto se enoja. Se trata del momento en el que se habla del rápido aumento del número de suicidios de jóvenes, aislados del mundo por culpa del coronavirus.

“Me gustaría decirles que se dejaran de estupideces. ¿Qué les falta en la vida, si sus cuerpos no tienen defectos y les permiten ir a clase? ¿Por qué tienen que morir, si están sanos? Todos los seres humanos mueren, es inevitable. Es nuestro deber como seres humanos resistir las dificultades y vivir, hasta que llegue ese momento. No importa lo amargo que pueda ser, si estamos vivos encontraremos también cosas positivas pese al sufrimiento. Debemos encontrar esas cosas, una por una. No se trata de vivir porque se quiera vivir, sino porque tenemos esa misión. Nuestra lucha viene precisamente de tener esa misión”.

Hoy en día tratamos de comprender a los jóvenes que deciden terminar con su vida por haber sufrido acoso, y consideramos que su sufrimiento es algo que solo ellos pueden entender, por lo que resulta difícil tener una actitud como la de Kimie: “Déjate de estupideces”. Sin embargo, son palabras dichas por una persona que ha experimentado el infierno en vida, y ha visto en muchas ocasiones a compañeros del sanatorio, incapaces de soportar la discriminación de la sociedad, elegir la muerte; de modo que deberíamos guardarlas en lo profundo de nuestros corazones.

“Yo no podría vivir sin la ayuda de los demás, pero también creo que mi misión en esta vida es seguir viviendo mientras pueda respirar. Yo también lo paso mal a veces, y necesito que me den la mano y me froten la espalda. Me siento en deuda con mucha gente. Pero está bien que sea así: lo hacemos para vivir. Si decides terminar con tu vida, ¿cuánta gente sufrirá por ello a tu alrededor?”

Kimie asegura que ha podido vivir con valentía gracias al amor de su madre, que trabajó duramente para criarla. Nos habla de sus recuerdos, cuando la visitó en sus últimos años:

“Mi madre, ya con demencia, me llamó: ‘¿Eres tú, Kimi?’. Cuando le pregunté si sabía quién era me dijo que solo tenía que mirar mis manos para saberlo. ‘Desde que eras pequeña siempre has tenido las manos diferentes, y por eso has sufrido muchas dificultades’, dijo. Me había guardado unos caquis, y me dijo que me los comiera. ‘Los puse entre las bandas del tercer cajón de abajo, en la cómoda’. La temporada del caqui ya había pasado; yo me preguntaba de qué estaría hablando, cuando descubrí la piel seca de los caquis y sus semillas, pegadas entre los cinturones de sus kimonos. ‘Gracias, mamá. Había dos, ¿verdad?’. Me dijo que los había escondido para que no se los comieran los demás. En ese detalle pude sentir el amor de mi madre. Si alguien me preguntara cómo puedo corresponder a ese fuerte amor de mi madre, que me dio a luz, le diría que lo único que puedo hacer es seguir viviendo a base de agallas, a pesar de mi discapacidad física”.

Entrevista e imágenes: Hanai Tomoko.
Texto: Matsumoto Takuya (Nippon.com)
Colaboración: Sanatorio Nacional Tama Zenshōen.