La ciudad de Kani, en la prefectura de Gifu, ha experimentado un constante aumento de su población extranjera. Desde hace más de 20 años, el programa Bara Kyōshitsu (“aula de la rosa”) trabaja para integrar a los recién llegados en la comunidad local y en el sistema educativo mediante la enseñanza del japonés y de otras materias.
Un curso de cuatro meses sobre todo lo relacionado con Japón
Kani, una ciudad de 99.000 habitantes en la prefectura de Gifu, forma parte del área metropolitana de Nagoya y alberga numerosas instalaciones industriales. En las últimas décadas, el número de residentes extranjeros en la localidad ha crecido drásticamente, y en la actualidad representan el 10 % de la población. A medida que Kani se ha vuelto cada vez más diversa, la creación de una comunidad en la que los residentes japoneses y extranjeros puedan convivir en armonía se ha convertido en una prioridad importante.
Una de las iniciativas clave para abordar esta cuestión, concretamente enfocada en la integración de los hijos de estos migrantes en el sistema educativo público japonés, se desarrolla en las actividades cotidianas de un pequeño centro de aprendizaje de la ciudad.
Cada mañana, el centro, situado en una zona residencial junto a campos de cultivo, cobra vida con las voces de los niños mientras cantan una canción que enseña los sonidos fonéticos del japonés, muy familiar para los alumnos japoneses de primer curso de primaria por sus libros de texto.
En esta jornada, la profesora presenta a tres nuevos niños al grupo. La instructora, una mujer filipina, habla despacio a la clase en japonés, valiéndose de abundantes gestos y lenguaje corporal.
“¡Muy bien, chicos! Tres niños nuevos se van a unir a nosotros. Hasta ahora eran doce. Ahora tenemos tres más. Así pues, ¿cuántos somos en total? ¿Cuánto es doce más tres?”.
“¡Quince!”, gritan los niños con rostros radiantes mientras compiten por ser los primeros en responder. En la parte delantera de la clase, tres recién llegados visiblemente nerviosos empiezan a presentarse. Los tres acaban de llegar de Pakistán. Los niños que los reciben proceden de países como Filipinas y Brasil.
La clase forma parte de un programa preparatorio denominado Bara Kyōshitsu Kani. Aquí, en el “aula de la rosa” de Kani, los niños extranjeros reciben instrucción impartida por personal de nacionalidad extranjera sobre japonés básico y niveles adecuados a su edad en asignaturas como las matemáticas. También aprenden las normas y rutinas escolares japonesas (como turnarse para realizar las labores de apoyo en el aula y limpiar el colegio), así como aspectos de la cultura y las costumbres de Japón, como el uso de los palillos. El programa está destinado a niños de entre 6 y 15 años, lo que se corresponde con la educación obligatoria de los cursos de 1.º a 9.º. Los menores permanecen cuatro meses en el programa antes de comenzar las clases ordinarias en los colegios de la ciudad.
En Japón, la escolarización no es obligatoria para los menores no japoneses. Las familias deben solicitarlo ante la junta de educación local, que es la que autoriza su matriculación. Aun así, la ciudad de Kani garantiza a los niños extranjeros la oportunidad de asistir a la escuela en las mismas condiciones que los japoneses. La localidad creó el Bara Kyōshitsu en 2005 para ayudar a aliviar la ansiedad de los niños y familiarizarlos con la vida escolar mientras se preparan para incorporarse al sistema educativo japonés. En la actualidad, este programa es un símbolo de los esfuerzos de la ciudad por integrar a su población extranjera.
El Ministerio de Educación, Cultura, Deportes, Ciencia y Tecnología ha anunciado que, como parte de sus iniciativas para promover la enseñanza del idioma japonés a los menores extranjeros, pondrá en marcha un proyecto modelo en el año fiscal 2027 con el fin de establecer programas de “preclase” en diversos puntos de Japón, orientados a acoplar a los recién llegados al entorno educativo japonés. Kani, por su parte, lleva ya más de 20 años aplicando un programa de este tipo.
Inspirado por la pasión de una investigadora
El Bara Kyōshitsu se creó después de que funcionarios del Gobierno local y residentes respondieran al entusiasmo de Kojima Yoshimi, una investigadora que actualmente ejerce como directora del Centro de Estudios Interculturales de la Universidad de Estudios Extranjeros de Tokio. Tras el gran terremoto de Hanshin-Awaji de 1995, tomó conciencia de la existencia de menores extranjeros sin escolarizar mientras participaba en las labores de reconstrucción en Kobe. Posteriormente pasó a trabajar en los programas japoneses de Ayuda oficial al desarrollo (AOD); sus experiencias no hicieron sino profundizar su preocupación por la situación de esos niños extranjeros.
“En la década de 1990, Japón era el mayor proveedor mundial de AOD, señala Kojima. “Cuando visitaba países de América Latina, la gente expresaba su profundo agradecimiento porque la ayuda japonesa permitía a los niños de sus países ir a la escuela y recibir alimentación allí. Sin embargo, Japón no presta ni de lejos tanta atención a los niños extranjeros dentro de sus propias fronteras. Están desprotegidos, al quedar fuera del ámbito de la educación obligatoria. De hecho, a menudo los menores extranjeros han quedado excluidos del sistema educativo”.
Decidida a encontrar una solución a este problema de la falta de escolarización, en 2001 Kojima participó en la primera reunión de un consejo gubernamental centrado en los problemas a los que se enfrentaban los municipios con amplias poblaciones extranjeras. El encuentro reunió a 13 ciudades de las prefecturas de Aichi, Gifu, Mie, Shizuoka y Gunma que habían experimentado una rápida afluencia de brasileños y otros inmigrantes nikkei de Sudamérica. Fue allí donde conoció por primera vez la situación en Kani.
En comparación con el número de niños extranjeros que se trasladaban a la ciudad, la cantidad de alumnos de este grupo que se matriculaban en las escuelas públicas de primaria y secundaria básica de Kani era reducida. El Ayuntamiento era consciente del problema y había intentado evaluarlo mediante cuestionarios enviados por correo, pero pocas familias respondieron. Kojima decidió intervenir. Propuso mudarse a Kani y visitar ella misma cada hogar con menores extranjeros para realizar un estudio de campo, una propuesta que el Gobierno municipal aceptó de buen grado.
Así comenzó un estudio puerta a puerta que duraría dos años. Considerada la primera encuesta exhaustiva realizada en Japón sobre el estado de escolarización de los niños extranjeros, esta confirmó que el 10 % de ellos no estaba matriculado. Sin embargo, cuando se amplió a un grupo más extenso de menores cuyo paradero o asistencia escolar no se podía confirmar, los resultados fueron aún más desoladores: más del 30 % de los niños extranjeros residentes en Kani podían considerarse sin escolarizar.
Los menores que no asistían a la escuela procedían de diversas nacionalidades. Muchos de ellos ejercían de cuidadores de sus hermanos menores o asumían las tareas del hogar. Sin embargo, lo que más impactó a Kojima fue que algunos menores de tan solo 12 o 13 años trabajaban en fábricas. “Pensaba que esto era algo que solo ocurría en los países en desarrollo. El hecho de que se produjera trabajo infantil en Japón, y en una ciudad tan pequeña, resultaba impactante”, afirma.
Los colegios no saben cómo afrontar la situación
Kojima entabló relación con el director de una escuela secundaria básica de Kani cuyo centro contaba con un número de alumnos sin escolarizar especialmente elevado. Visitó la escuela para conocer mejor la situación. Allí, el director le dijo: “Si pretende hacer propuestas o sensibilizar sobre estos niños, asegúrese primero de comprender lo que ocurre en las escuelas. Si está dispuesta a compartir nuestras dificultades, puede empezar a visitar este centro incluso a partir de mañana”.
Kojima aceptó de buen grado la oferta y, desde el día siguiente, comenzó a visitar el centro casi a diario. Allí se encontró con docentes que se esforzaban por lidiar con el comportamiento imprevisto de los menores extranjeros. Por aquel entonces había muchos alumnos brasileños, que a menudo mostraban conductas alborotadas, ponían música en altavoces y bailaban en los pasillos, mientras los desconcertados profesores intentaban contenerlos.
Kojima también podía ver las cosas desde la perspectiva de los niños. Se enfrentaban a la difícil tarea de aprender japonés, solo para acabar en el nivel académico más bajo de la clase. Sometidos a duras críticas (comentarios como: “¿Por qué ni siquiera puedes hacer este trabajo tan sencillo?”), estaban perdiendo el interés por sus clases y alejándose de la educación en su conjunto.
Cada vez que el director se frustraba y daba a los niños por perdidos, Kojima le ofrecía otra perspectiva. “Ese niño procede de una familia monoparental y ayuda muchísimo en casa”, por ejemplo, o “Esa niña se pasa todo el tiempo cuidando de sus hermanos menores”.
Con el tiempo, el director se convirtió en un firme aliado de Kojima y desempeñó un papel relevante en la reforma del sistema de enseñanza del idioma japonés de la escuela.
“El director cambió el nombre de la clase de Clase de adaptación al japonés a Clase internacional y reunió a profesores con las competencias necesarias para la tarea”, recuerda Kojima. “También introdujo el portugués, el idioma oficial de Brasil, como asignatura optativa dentro del plan de estudios ordinario. Como resultado de estos esfuerzos, el número de alumnos extranjeros que pasaban a la escuela secundaria superior comenzó a aumentar al curso escolar siguiente”.
El estudio de Kojima repercutió en la política de la ciudad al aportar pruebas concretas del problema, lo que terminó impulsando al Ayuntamiento a adoptar una política que buscada la escolarización de todos los menores. En abril de 2005, el gobierno municipal estableció formalmente un programa para garantizar las oportunidades educativas de los niños extranjeros, lo que dio origen a la clase preparatoria que Kojima había concebido. Dado que por aquel entonces la ciudad había inaugurado uno de los jardines de rosas más grandes del mundo, el programa recibió el nombre de Bara Kyōshitsu.
Kakamu Mayumi, secretaria general de la Asociación de Intercambio Internacional de Kani, considera que la rápida actuación de la ciudad se debió en parte a la visión del alcalde de la localidad en aquel momento. “En la reunión del consejo de ciudades con alta concentración de población extranjera a la que asistí, algunos líderes locales afirmaban que, si no lograban atraer a residentes extranjeros, esto afectaría a las arcas municipales. Creo que el alcalde de Kani en aquel momento también estaba pensando en el futuro”.
Ayudando a los menores a tener más confianza
El Bara Kyōshitsu enseña los aspectos básicos del idioma y las costumbres de Japón, pero eso no es todo.
“Estos niños vienen a Japón debido al trabajo de sus padres, y a menudo no le encuentran sentido a tener que separarse de sus amigos y familiares en sus países de origen. Algunos no saben cuál es el sentido de sus vidas. Para algunos, es una lucha constante y lágrimas”, afirma Wakahara Toshikazu, que cumple su séptimo año al frente del Bara Kyōshitsu.
Como parte de sus esfuerzos para apoyar a los niños que se enfrentan a grandes cambios en sus vidas, el Bara Kyōshitsu emplea a instructores extranjeros procedentes de países como Filipinas y Brasil que han experimentado ellos mismos la vida escolar en Japón. En julio del año pasado, un exalumno del Bara Kyōshitsu que asistió al programa durante la escuela secundaria básica también se incorporó al personal.
Otra característica del programa es que los niños están matriculados en escuelas públicas locales. Por lo tanto, cada niño cuenta con un tutor y compañeros de clase en estos centros. Pueden participar en actividades como excursiones, someterse a las revisiones médicas escolares y comer el almuerzo escolar.
En agosto de 2020, como respuesta al aumento del número de niños procedentes del extranjero, se creó una segunda clase. Desde entonces, los niños siguen un programa en dos etapas: pasan dos meses en el aula original, denominada ahora “Bara 1”, y otros dos meses en “Bara 2”, establecida para el nivel de escuela secundaria básica.
“En Bara 1, lo importante es sencillamente que asistan a clase”, señala Wakahara. “Ayudamos a los niños a hacer amigos para que se sientan a gusto y puedan sonreír. Los animamos a no rendirse aunque no entiendan japonés. En Bara 2, nos centramos más en ayudar a los niños a ganar confianza. Una de las actividades que organizamos para ello es la Jornada de presentaciones ‘¡Tú puedes!’”.
El propósito de este evento de presentaciones es brindar a los niños que concluyen el Bara Kyōshitsu una experiencia de logro. Para sacar a relucir el potencial de los menores, los instructores, que han presenciado de cerca el crecimiento de los alumnos, los entrevistan en su lengua materna y elaboran un plan sobre lo que van a presentar.
Los alumnos pueden escribir kanji con caligrafía o interpretar música junto a sus compañeros. Al hacer un poco de lo que les gusta, les interesa o se les da bien, ganan confianza y deseos de superarse, lo que los encamina hacia la vida escolar con una actitud positiva. La imagen de estos niños filipinos actuando con tanta felicidad y seguridad conmueve sin duda el corazón de quienes los observan.
Han pasado ya 22 años desde el inicio del Bara Kyōshitsu. A fecha de 19 de diciembre de 2025, un total de 1.155 niños habían completado el programa.
El número de niños que abandona los estudios durante la escuela secundaria básica se ha reducido drásticamente, y cada vez son más los que fijan su meta en la escuela secundaria superior y en las escuelas de formación profesional. Mientras tanto, las nacionalidades de los trabajadores extranjeros se han diversificado y un número creciente de ellos se establece en Japón en lugar de acudir únicamente como trabajadores migrantes temporales. Algunos han formado familias en Kani e incluso han puesto en marcha empresas que generan empleo.
Al hacer balance de la trayectoria del programa hasta la fecha, Kojima afirma que lo importante es que los niños dispongan de un lugar donde sentirse valorados y aceptados. “Si desde el principio se les ofrece a estos niños un espacio en el que se les reafirme positivamente y se les diga que sus antecedentes multiculturales y multilingües son un motivo de orgullo, podrán tener confianza en quiénes son. Asimismo, la existencia de niños que aprenden japonés a la vez que su lengua materna puede cambiar la manera en que se percibe en Japón a las personas con raíces extranjeras, lo que ayudará a que se las reconozca como miembros que contribuyen a las comunidades locales. Clases preparatorias como esta existen en otros puntos de Japón, pero creo que el Bara Kyōshitsu es pionero, incluso en el modo en que los niños participan en el programa estando matriculados en sus escuelas”.
Cabe esperar que el espíritu de Kani de brindar una educación a todos los menores, independientemente de su lugar de procedencia, se arraigue de forma aún más profunda. A fin de cuentas, con cuatro millones de residentes extranjeros viviendo en la actualidad en Japón, resulta evidente que una nutrida población extranjera forma ya parte integrante de las comunidades de todo el país.
(Imagen del encabezado: una clase en el Bara Kyōshitsu. © Kumazaki Takashi.)






