A partir de las obras más emblemáticas de Studio Ghibli analizamos el trasfondo creativo de Miyazaki Hayao y Takahata Isao. Con Mi vecino Totoro, ya una parte representativa de la cultura japonesa, estudiamos la visión de la naturaleza de Miyazaki y su “bosque de Totoro”.

Un proyecto estancado por un tema “no llamativo”

Tonari no Totoro (Mi vecino Totoro), del director Miyazaki Hayao, se estrenó el 16 de abril de 1988, en sesión conjunta con Hotaru no haka (La tumba de las luciérnagas), de Takahata Isao. Era el cuarto largometraje de animación que Miyazaki dirigía para el cine, tras Rupan sansei – Kariosutoro no shiro (Lupin III: El castillo de Cagliostro, 1979) y Kaze no tani no Naushikā (Nausicaä del valle del viento, 1985), ambos anteriores a la fundación de Studio Ghibli, y Tenkū no shiro Rapyuta (El castillo en el cielo, 1986), estrenada un año después de la fundación del estudio.

Mi vecino Totoro es una película de fantasía ambientada en Tokorozawa, en la prefectura de Saitama, en la primera mitad de la década de los 30 de la era Shōwa (a finales de los años 50), que narra la relación entre las hermanas Satsuki y Mei, de la familia Kusakabe, que se han mudado allí con su padre, y Totoro, un misterioso ser que solo pueden ver las niñas. Pese a que en un principio iba a ser un mediometraje de cerca de una hora, el proyecto tuvo dificultades para arrancar, dado que el tema resultaba poco llamativo, por lo que terminó proyectándose junto con La tumba de las luciérnagas.

Aunque en el momento de su estreno no tuvo un gran éxito de taquilla, sí que obtuvo los mejores premios cinematográficos nacionales de ese año, desde el primer puesto en la categoría de animación en la lista de las diez mejores películas de Kinema Junpō y el Gran Premio del Cine Japonés en el Concurso Cinematográfico Mainichi (en ambos casos, la primera vez que se otorgaba a una película japonesa de animación), además del Premio del Ministro de Educación, Cultura, Deportes, Ciencia y Tecnología en la categoría de Arte.

Con la posterior emisión televisiva de la película y el lanzamiento de productos derivados de ella, como vídeos y peluches, fue ganando poco a poco una gran popularidad en todo el país. La canción principal de los créditos iniciales, “Sanpo” (“Paseo”), se ha convertido en un clásico infantil en Japón y, 38 años después de su estreno, la película es reconocida tanto por los propios creadores como por el público en general como la obra maestra de Miyazaki Hayao y de Studio Ghibli; Totoro se ha convertido en el emblema del estudio.

La película de Disney y Pixar Toy Story 3 (2010) rinde homenaje a Miyazaki al incluir en la trama un peluche del Totoro grande; además, desde noviembre de 2020, en la melodía de salida de la estación de Tokorozawa de Seibu Tetsudō se utilizan dos temas de esta película, “Sanpo” y “Tonari no Totoro”; es un dato más que nos permite afirmar que esta película ha superado ya los límites del anime para convertirse en un fenómeno cultural emblemático de Japón, querido por personas de todas las edades y géneros.

Totoro invoca al Gatobús para que Satsuki pueda encontrar a su hermana Mei, que se ha perdido. (© 1988 Hayao Miyazaki/Studio Ghibli)
Totoro invoca al Gatobús para que Satsuki pueda encontrar a su hermana Mei, que se ha perdido. (© 1988 Hayao Miyazaki/Studio Ghibli)

La visión de la naturaleza que refleja el bosque de Totoro

En esta obra se refleja la naturaleza que trata de plasmar Miyazaki, la esencia del llamado “bosque de Totoro”, tal y como se aprecia, por ejemplo, en Mononoke hime (La princesa Mononoke, 1997). En esa cinta, y en la que nos ocupa hoy, Miyazaki representa de forma muy especial la naturaleza japonesa, como es ya de sobra conocido. Se sabe que la naturaleza que retrata tiene como trasfondo una determinada teoría: la “teoría de la cultura de bosques laurifolios”.

Esa teoría es una corriente de pensamiento sobre el origen de la cultura japonesa que ha ejercido una amplia influencia en la antropología cultural de Japón desde los setenta. Los bosques laurifolios son, en primer lugar, un tipo de comunidad forestal que incluye árboles de hoja ancha perenne de clima templado, que obviamente no pierden las hojas ni siquiera en invierno, las cuales se caracterizan por el fuerte brillo de su superficie. Más concretamente, este tipo de bosque incluye el roble, el carpe, la camelia y, precisamente, el alcanforero que aparece en Mi vecino Totoro. Además, los bosques de la isla de Yakushima, en la prefectura de Kagoshima, considerados el modelo para el bosque del Shishigami, el Dios Ciervo de La princesa mononoke, también forman parte de la zona de bosque laurifolios. Dicho de forma más sencilla: los árboles que dan bellotas suelen pertenecer a este tipo de bosque.

La teoría de la cultura de los bosques laurifolios es una hipótesis propuesta por académicos como el botánico Nakao Sasuke (1916-1993) y el etnólogo y antropólogo cultural Sasaki Takaaki (1929-2013). Según esta hipótesis, los elementos que constituyen la base de la cultura cotidiana japonesa (la agricultura de tala y quema, el consumo de mochi, los alimentos fermentados, como el nattō, y los tatuajes) comparten numerosas similitudes con los elementos culturales de la zona de laurisilvas de Asia Oriental (la “Media Luna de Asia Oriental”), que se extiende desde el Tíbet, Bután y la provincia china de Yunnan hasta el sur de China (la cuenca del Yangtsé) y Taiwán hasta el suroeste de Japón.

Aunque en su momento la teoría fue objeto de amplia cobertura periodística y tuvo una gran influencia, también suscitó numerosas dudas y críticas, por lo que aún no se ha convertido en una teoría aceptada. Miyazaki, sin embargo, se ha visto muy influido por esta teoría.

Podemos comprobarlo en varias declaraciones del propio Miyazaki. En un texto de 1988 titulado “Liberación del yugo”, por ejemplo, en el que menciona la obra de Nakao Sasuke Saibai shokubutsu to nōkō no kigen (“El origen de las plantas cultivadas y la agricultura”, Iwanami Shinsho), texto de referencia sobre la teoría de la cultura de los bosques laurifolios, dice lo siguiente:

“Nos llamaban la generación de los libros de bolsillo. […]. Sin embargo, uno de esos libros de bolsillo me marcó de forma decisiva: El origen de las plantas cultivadas y la agricultura, de Nakao Sasuke. Yo empezaba a ser consciente de mí mismo en una época en la que muchos japoneses habían perdido la confianza tras la derrota de la guerra, y se pasaban a la democracia. […] Yo me había ido convirtiendo, sin darme cuenta, en un joven que odiaba su país. […] Aunque pensaba que debía tener mis propias raíces, a pesar de todas las contradicciones y divisiones, odiaba el Estado japonés, a los japoneses y su historia, y sentía admiración por las culturas de Occidente, de Rusia y de Europa del Este. Incluso cuando comencé a dedicarme a la animación, prefería las obras ambientadas en el extranjero. Aunque trataba de ambientar algunas en Japón, no conseguía que me gustaran los cuentos populares, las leyendas ni los mitos japoneses. […] Por casualidad cayó en mis manos El origen de las plantas cultivadas y la agricultura. […] A medida que lo leía sentía que mi mirada se alzaba hacia alturas lejanas. El viento soplaba, y con él las fronteras entre naciones, las barreras entre etnias y el peso de la historia se iban alejando bajo mis pies, […] y todo se entrelazaba en un único hilo que me mostró de quién descendía yo realmente. Ese libro me otorgó un punto de partida desde el que observarlo todo. Ahora comprendo mucho mejor que antes la historia, el territorio y el Estado”. —Miyazaki Hayao, Shuppatsuten (“El punto de partida”), Tokuma Shoten, 1996, pp. 265-267—

Totoro fue la película de animación con la que Miyazaki Hayao, que durante mucho tiempo había odiado su propio país, descubrió la mencionada teoría, empezó a sentir cariño por Japón por primera vez e intentó retratar su naturaleza en una obra.

El interés de Miyazaki por la teoría cultural de los bosques laurifolios se puede notar, por ejemplo, en el seudónimo “Teruki Tsutomu” que utilizó cuando trabajó en el guion y la dirección de la serie de anime para televisión Lupin Sansei (Lupin III, 1980): el nombre no solo es un juego de palabras con Telecom, la empresa de animación para la que trabajaba en aquel momento, sino que sus caracteres también reflejan su origen en la citada cultura de bosques laurifolios.

Un bosque primigenio perdido

Posteriormente, en su gran obra La princesa Mononoke, Miyazaki volvió a intentar representar dicha cultura. El protagonista Ashitaka, por ejemplo, fue concebido como miembro de la tribu Emishi, perteneciente a la cultura de los bosques de robles del noreste, cuyos pueblos se dedicaban a la caza y la recolección, pero en ningún caso a la agricultura del arroz. Su ropa estaba asimismo inspirada en los trajes tradicionales de Bután, país que forma parte de la zona cultural de los bosques laurifolios. Y, como ya hemos mencionado, el bosque del Dios Ciervo es también un bosque de este tipo.

Cuando se estrenó La princesa Mononoke Miyazaki habló sobre la teoría de la cultura de los bosques laurifolios en coloquios y simposios con el historiador de la Edad Media japonesa Amino Yoshihiko (1928-2004) y el filósofo Umehara Takeshi (1925-2019), entre otros ponentes.

“Desde que descubrí la perspectiva de Nakao Sasuke sobre la cultura de los bosques laurifolios, el impacto de su lectura no ha abandonado mi mente. Antiguamente, la mitad occidental de la isla de Honshū, en Japón, estaba cubierta por bosques laurifolios; ¿cuándo y cómo desaparecieron esos bosques, no obstante? Es algo que me ha intrigado desde entonces”. —Miyazaki Hayao, Orikaeshiten (“El punto de inflexión”), Iwanami Shoten, 2008, pp. 71-72—

Gracias al tremendo éxito de La princesa Mononoke, desde finales de la década de los noventa la teoría de la cultura de los bosques laurifolios, que se hallaba a punto de caer en el olvido, cobró un nuevo foco de atención.

(Artículo traducido al español del original en japonés.)