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Una de las peculiaridades de las espadas japonesas es su patrón (hamon) parecido a un oleaje en la cuchilla.
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Miyairi Norihiro trabajando en su forja, situada en la ciudad de Tōmi, en la prefectura de Nagano.
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Cuando se pone manos a la obra, Miyairi siempre viste un atuendo de trabajo de color blanco conocido como samue.
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Una de las partes de la espada en la que se puede admirar su belleza es la punta, conocida en japonés como bōshi (literalmente, el “sombrero”).
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La sacralidad del fuego y sus misteriosas chispas.
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Una vigorosa espada oodachi de 1,7 metros de longitud.
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Miyairi no se permite la más mínima concesión hasta que logra crear una espada conforme a sus exigencias.
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Un cuchillo tōsu con magníficos motivos tallados en marfil teñido.
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Palabras del japonés como tanren 鍛錬 (entrenamiento) o kensan 研鑽 (estudios) surgieron de las forjas de espadas.
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Una reproducción de dos karatachi del siglo VIII.
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Durante el verano, Miyairi tiene que soportar en su taller temperaturas que superan los 40 grados.
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Una reproducción de una espada karayōtachi, uno de los tesoros del Shōsōin.
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El acero se envuelve en papel japonés, se ata con unos cordones de cáñamo, y se forja en el fuego tras espolvorearlo con cenizas de paja y arcilla.
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Un cuchillo tōsu diseñado a imagen de los tesoros del Shōsōin.
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Miyairi comprueba el hamon, el patrón que queda en la hoja, tras sacar la espada del fuego.
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Tras ajustar la forma de la espada, Miyairi utiliza la piedra amoladera para afilarla.
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Desde la forja de Miyairi en la ciudad de Tōmi, en la prefectura de Nagano, se puede observar la cordillera de Yatsugatake nevada.